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Número 13


  
          



BARRANCAS DEL COBRE

Cuatro veces más grande que el Cañón del Colorado, este grandioso paisaje mexicano sirve de fondo a uno de los recorridos por tren más espectaculares del mundo.

Atrás quedaron aquellos tiempos donde las grandes distancias sólo se alcanzaban viajando en tren, ya fuera a Guadalajara, Monterrey, Veracruz, en fin, a cualquier destino. Sólo en los relatos de nuestros padres y abuelos quedan las anécdotas de las estaciones, la vendimia que en ellas se hacía, los carros-dormitorio y todo el protocolo del mexicano que viajaba en ferrocarril; costumbres que a nuestro país difícilmente regresarán. Pero afortunadamente hay en la República un lugar que todavía guarda este sabor del tren de pasajeros, se trata de la Sierra Tarahumara y del Ferrocarril Chihuahua-Pacífico. Te invitamos a conocerlo.
Turistas de todas partes, extranjeros y nacionales, llegan al norte de México atraídos por lo que bien se ha ganado el nombre del recorrido en tren más espectacular del mundo y que se realiza en el corazón de la Sierra Madre Occidental: la Sierra Tarahumara, donde barrancas, montañas y acantilados, que parecen extraídos de película de ficción, son el escenario de este fantástico recorrido.
El viaje en tren a la Sierra Tarahumara se puede realizar tanto de Los Mochis, Sinaloa, como de la ciudad de Chihuahua. Esta última fue la que escogimos para, desde ahí, narrar nuestra aventura.
Visitar Chihuahua es hablar del estado más grande de la República, y para quien piense que esta tierra es árida está muy equivocado, ya que en tales dimensiones de terreno te puedes encontrar con gran variedad de ecosistemas, desde desierto hasta bosque. Chihuahua es una tierra de contrastes, no sólo en su territorio sino también entre su gente, ya que los chihuahuenses tienen herencia de tobosos, tarahumaras, apaches, comanches, tlaxcaltecas y mexicas, así como manchega, extremeña, castellana y vasca. Es una tierra que atrajo y atrae a grandes aventureros, donde por su lejanía la evangelización poco pudo hacer. Chihuahua es tierra de revolucionarios como Villa. Mucho hay que hablar del estado más grande, parte importantísima en la historia de México. Hay que remarcar que visitar esta entidad requiere paciencia ya que las distancias son grandes y hay que darse tiempo para disfrutarlo con calma. Como las salidas del tren hacia la sierra inician desde muy temprano en la estación de ferrocarriles decidimos llegar un día antes a Chihuahua para descansar y aprovechar para conocer la capital del estado.
En la ciudad de Chihuahua hay mucho qué ver. Comenzando por una de las residencias del centauro del norte, el general Francisco Villa. Localizada en las calles del Chihuahua antiguo se encuentra esta vieja casona, ahora convertida en museo, donde el revolucionario compartió momentos con su única esposa reconocida por la ley, de las muchas que tuvo. No en balde aquel dicho de “Pancho Villa con sus dos viejas a la orilla”. Villa habitó esta casa cuando fue gobernador del estado; actualmente la casa es resguardada por el ejército mexicano a voluntad de su esposa doña Luz Corral, quien vivió ahí hasta el final de sus días en 1981. ¡No dejes de visitarla!



Después te recomendamos visitar la Plaza de Armas y la Catedral, donde puedes refrescarte con una rica nieve o darle bola a tus zapatos con alguno de los boleros instalados en unos simpáticos y peculiares quioscos a orillas de la plaza.
Cerca de ahí date tiempo para visitar el Museo de Arte Sacro y el Palacio Municipal. Por la calle Libertad llegarás a otro punto obligado de visita, el Palacio de Gobierno, en cuya planta baja se localiza el Museo de Hidalgo, diseñado para rendir homenaje al Padre de la Patria. Ahí podrás ver el calabozo donde él estuvo preso antes de ser fusilado el 30 de junio de 1811.
Las calles de Chihuahua guardan muchas historias por lo que te recomendamos buscar en las librerías locales un libro, pequeño y económico, sobre las leyendas de Chihuahua, son muy interesantes, como aquella de la momia-maniquí que todavía puede verse en una de las tiendas del centro de la ciudad conocida como “La Popular”. También te recomendamos visitar las mansiones de la ciudad de Chihuahua, como la Quinta Gameros localizada en Paseo Bolívar y calle 4ª, y el Museo del Mamut, recién inaugurado.
A las afueras de la ciudad se localiza la Quinta Carolina, lugar que fue residencia de verano de la familia Terrazas. Aunque un tanto descuidada, la Quinta todavía guarda el sabor de aquellos años y su arquitectura te dará una idea del lujo y suntuosidad con que vivían algunos magnates de esa época. Luis Terrazas, uno de los hombres más ricos de México a principios del siglo pasado, era dueño de casi todo el estado, por lo que quedó para el recuerdo aquella frase altanera y vanidosa que el señor Terrazas respondía cuando le preguntaban: ¿Usted es de Chihuahua?, y él respondía, “No, Chihuahua es mío”.
Cerca de esta ciudad existen muchos otros lugares para visitar como Delicias, con su famoso museo paleontológico, y El Parque Nacional Cumbres de Majalca, ambos a una hora de la ciudad.
Después del recorrido por la ciudad, decidimos descansar temprano porque al día siguiente había que tomar el tren a las 7:00 A.M. rumbo a nuestra aventura en la Sierra Tarahumara. Claro, no sin antes disfrutar de los ricos platillos de la cocina del norte, en especial de sus cortes de carne que son deliciosos.
A las 6:30 estábamos listos en la estación de ferrocarril, que se encuentra muy cerca de la antigua penitenciaría. El tren ya estaba listo para recibir a los pasajeros, muchos de los cuales aún compraban sus boletos en la taquilla de la estación. El ferrocarril Chihuahua-Pacífico, además del transporte de carga, tiene dos salidas diarias para pasajeros: a las 6:00 A.M., conocido como Primera Express, que hace muy pocas paradas ya que sólo se detiene en las principales estaciones turísticas, y otra a las 7:00 A.M., el Clase Económica, que hace parada en las estaciones que requieran los pasajeros. Nosotros tomamos el segundo para conocer varias de las estaciones en las que no se detiene el Primera Express. De Chihuahua a Los Mochis el Clase Económica realiza 15 paradas oficiales en tanto que el Primera Express sólo hace siete. Nuestro viaje coincidió con el Festival de Aventura que se realiza todos los años en Chihuahua, por lo que tuvimos la suerte de ver a muchos competidores que utilizan el Clase Económica, ya que este tren permite transportar equipo en un vagón especial de carga donde puedes llevar desde casas de campaña y bicicletas, hasta kayaks.
Abordamos el tren, por cierto bastante amplio y cómodo, y salimos de Chihuahua con destino a Cuauhtémoc, primer punto del recorrido. El paisaje en este tramo lo conforma una serie de planicies que en época de lluvia se tornan verdes y el resto del año vuelven a sus tonos ocres y dorados, excepto el área siempre verde de campos de cultivo, principalmente de manzana. El tren se componía de seis vagones, cuatro de pasajeros con 68 asientos cada uno, un vagón de paquetería y el vagón conocido como Snack Bar, donde puedes comprar refrescos, botanas, sándwiches, burritos, quesadillas, entre otros refrigerios. Los vagones cuentan con clima artificial, asientos reclinables y sanitarios con sistema ecológico, además cada carro cuenta con un portero que mantiene limpios los carros, ayuda a los pasajeros con su equipaje y asigna asientos.



Cuauhtémoc se localiza a 104 kilómetros de la ciudad de Chihuahua. Esta región tiene registros de megafauna de hace 10 a 15 mil años (mamuts, camellos y caballos prehistóricos), así como rastros antiquísimos de ocupación humana. En Cuauhtémoc existen registros de propiedad de tierras desde 1689 y durante el transcurso de los siglos éstas han pasado por varios dueños. En 1873 la familia Zuloaga Cuilty adquirió varias haciendas aledañas a la propiedad original, convirtiéndose éstas en típicas haciendas ganaderas. El latifundio Zuloaga se consolida con la fusión de las haciendas de Santa Clara y Bustillos, hacia el año de 1899 (467,174 ha), al que se le comunicó con el resto del país al construirse una estación de ferrocarril y un tinaco para abastecer a las locomotoras en su paso a la sierra, esto en el año de 1900. A todo este inmenso latifundio se le conoció como “San Antonio de los Arenales” en honor a uno de los dueños originales de la tierra, Antonio Arenales, en el siglo XIX. También a esta bella región, los tarahumaras la han conocido como Chocáchic que en rarámuri significa “lugar de sombra y descanso”, quizá por eso este lugar ha sido el atractivo destino de muchos migrantes, como la familia china formada por Fang Ho y Natalia July, quienes a principios del siglo XX establecieron una tienda y un hotel y se quedaron a trabajar en la zona. El tiempo pasó y en plena Revolución, Francisco I. Madero estableció su cuartel general en la Hacienda de Bustillos, donde permanece del 29 de marzo al 8 de abril de 1911. Aquí Francisco Villa se incorpora formalmente a las filas revolucionarias y en este lugar se integra el primer ejército maderista con dos mil hombres.
Esta región también fue visitada por ejércitos extranjeros, como el comandado por el general Pershing, que llegó a esta tierra en 1916 persiguiendo a las gavillas villistas por haber quemado Columbus. Este lugar poco a poco comenzó a tener más habitantes y en 1921 otro ejército llegó a Cuauhtémoc, pero ahora formado por campesinos menonitas canadienses.
El origen de los menonitas se remonta a la primera mitad del siglo XVI (1505) cuando Simonis Menno, sacerdote de origen holandés, fuera desterrado por orden de Carlos V debido a la práctica del “anabaptismo”, secta rigurosa practicante del significado y rito del bautismo. En el exilio, Menno declara su secta como pacifistas al proclamar ilegítimas las guerras. Tratando de escapar de diferentes guerras, los menonitas emigran a Rusia y luego a Canadá. Fueron obligados a participar en la Primera Guerra Mundial bajo la bandera británica y al término de ésta se dan a la tarea de buscar una tierra que no les obligue a acciones militares. Por otra parte, y después de la Revolución, la familia Zuloaga decide vender su latifundio antes que verlo repartido y esto coincidió con el deseo menonita de migración, lo que da origen a un acuerdo con el presidente Álvaro Obregón, mediante el cual el Estado mexicano exime de ciertas obligaciones a la comunidad menonita por un lapso de tiempo y da autorización para la compra de terrenos. Fue así que, con el dinero de la venta de sus terrenos en Canadá, los menonitas compraron el latifundio de la familia Zuloaga (100 mil ha) por el precio de 600 mil pesos. Para la primera semana de marzo de 1922, los menonitas llegan en ferrocarril a la estación de San Antonio de los Arenales, para de inmediato distribuirse con sus carretas y caballos percherones en pequeñas aldeas. Dividieron el territorio en dos colonias, Manitoba y Swinft Curent donde se distribuyeron las 1,373 familias. Su gobierno es teocrático, donde sus obispos vigilan la educación y la fidelidad a su doctrina. Trajeron con ellos su tradición agropecuaria y construyeron gran cantidad de pozos que mediante molinos de viento extraen agua del subsuelo. En un principio estos grupos rechazaron el uso de la electricidad pero poco a poco comenzaron a utilizarla. Hace pocos años expiró el acuerdo que los eximía de algunas obligaciones ante la ley mexicana, por lo que ahora todos los menonitas son mexicanos con los mismos derechos y obligaciones que el resto de la población.



Visitar las comunidades menonitas es como retroceder en el tiempo. Aunque algunos ya dominan el español, la gran mayoría habla su idioma tradicional, el bajo alemán.
En nuestra visita corrimos con suerte ya que Martín, nuestro guía, nació en esta tierra y desde muy chico ha tenido contacto con los menonitas, y precisamente por su trabajo como guía se ha ganado la confianza de muchos de ellos, por lo que el trato es más cordial. Martín nos platicó que toda familia menonita, después de ordeñar su ganado, saca a la puerta de sus casas los botes con la leche fresca donde son recolectados para llevarlas a las fábricas de queso. Visitamos una, donde por cierto fuimos atendidos muy bien por los trabajadores, todos menonitas por supuesto. El queso es delicioso, fabrican un tipo conocido como chester. Vestidos con su clásico overol de mezclilla, la hospitalidad menonita nos sorprendió ya que teníamos la idea de que eran una comunidad bastante cerrada. Martín nos explicó que ellos, si bien son celosos de sus tradiciones y religión, también son hospitalarios y atienden bien al turista.
Recorriendo los campos nos encontramos con cuatro niños menonitas. Nos acercamos para tomar algunas fotos y ellos, algo tímidos y desconfiados, se mostraron huraños. Nos ganamos su confianza y accedieron a posar ante las cámaras. Así conocimos a Ali, Esther, Adolfo y Alma, todos ellos de entre siete y once años, acompañados de su perrito chihuahua Popi. Con su marcado acento alemán y su tez rosada y cabello rubio nos platicaron algunas cosas de su vida cotidiana. Es impresionante cómo pueden llegar personas desde tan lejos a establecerse a México mientras que los nuestros salen a otro país a buscar trabajo. Habrá que poner más atención en la forma de trabajo de estas comunidades menonitas para tratar de aplicar su forma de organización en algunas comunidades mexicanas.
Conocimos una casa menonita por dentro: de madera al estilo de las series de televisión como Los pioneros, en ella vive el Sr. Juan Croker con su esposa y seis hijos y tienen a la venta galletas y textiles típicos. De regreso a Cuauhtémoc nos detuvimos en una huerta de manzana, —también de menonitas—, donde el dueño nos explicó el proceso de crecimiento y recolección y nos invitó a probar una manzana Golden (de las amarillas) cortada directamente del árbol y, aunque le faltaba unas semanas para estar “al punto”, estaba deliciosa. Ya en Cuauhtémoc comimos una sabrosa “discada”, que consiste en carne preparada con cebolla, pimientos, tocino y salchicha guisada en un disco para arar, sin faltar por supuesto su rica salsa, unas enormes tortillas de harina y una cerveza fría, por supuesto, Pacífico o Carta Blanca.
El resto del día visitamos la catedral y el quiosco de Ciudad Cuauhtémoc así como el pueblo minero de Cusihuiriáchic, población que emigró a Cuauhtémoc cuando se agotaron los minerales.
Cabe mencionar que en 1927, San Antonio de los Arenales cambia de nombre para llamarse Cuauhtémoc, quizá para recordar, ante tanto inmigrante, algo de lo más profundo de las raíces mexicanas. Fuimos a descansar para al día siguiente tomar el tren rumbo a Divisadero.
De Cuauhtémoc hacia Divisadero el tren comienza a ascender a la sierra; la vegetación y la temperatura comienzan a cambiar y el bosque empieza a cubrir las laderas. Cuando llegues a la estación San Juanito te encontrarás en el que es considerado el lugar más frío de la República Mexicana, con registros de hasta -20ºC. Conforme asciende el tren, los túneles y puentes comienzan a ser constantes y más espectaculares. Antes de llegar a Divisadero se encuentra el lugar conocido como El Lazo (km 592), lugar donde la ingeniería empieza a dominar la montaña porque para salvar la pendiente y darle continuidad al trazo de la vía, ésta se cruza a sí misma pasando primero sobre el puente y luego bajo de él por un túnel, lo que representa una deflexión total de 360 grados. Una vuelta increíble donde la vía prácticamente cruza sobre sí misma. Tuvimos la primera probada de este espectacular recorrido. A eso de las 2:00 P.M. llegamos a la estación Divisadero. Anteriormente el acceso a este lugar era únicamente por tren, desde Los Mochis o de Chihuahua, pero actualmente cuenta con una carretera desde Creel. Divisadero cuenta con los mejores miradores de la barranca de Urique, donde es posible apreciar hasta 1,200 m de profundidad. Vengas de Los Mochis o de Chihuahua, el tren se detiene invariablemente 15 minutos en esta estación y da oportunidad de contemplar la barranca desde el mirador, disfrutar de unos ricos antojitos y comprar algo de artesanía tarahumara.
Estando ahí puedes probar el “efecto aire” que se presenta. Si lanzas ligeramente una gorra o un pedazo de tela ligero el aire te lo regresa, esto ocurre debido a que en el fondo del cañón el aire es caliente y cerca del mirador el aire es tibio, lo que provoca que el aire caliente se eleve desplazando al tibio formando una especie de ventilador directamente al mirador.
Divisadero cuenta con los mejores hoteles de toda la sierra y además con varios sitios para acampar, por esta razón este lugar recibe gran cantidad de visitantes. El principal atractivo del lugar son las vistas de la barranca de Urique, que incluso se pueden observar desde las habitaciones de algunos hoteles. Algunos puntos a la orilla del cañón y cerca del camino están acondicionados como miradores, contando con un ángulo de visión de 180 grados, desde donde se pueden apreciar los majestuosos paisajes de las Barrancas del Cobre. Desde algunos miradores de Divisadero es posible ver varias barrancas: Urique, Del Cobre, Batopilas, Oteros, Sinforosa y Tararecua, todas ellas dan origen al Cañón de Urique. Sus longitudes suman un total de 1,500 kilómetros lo que lo hace cuatro veces más grande que el Gran Cañón de Colorado, en Estados Unidos.

Pero si hay tantas barrancas en la zona, ¿por qué se les llama popularmente a todas Barrancas del Cobre? Martín, nuestro guía, nos explicó que esto se debe a que cuando se abrió la estación Divisadero del ferrocarril se confundió a la barranca de Urique, que desde ahí se aprecia muy bien, con la del Cobre, que además es poco conocida y debe su nombre a unas antiguas minas que hay en el fondo de las que se extraía cobre y otros metales. Pero si bien el atractivo de Divisadero son sus vistas panorámicas, también lo es el famoso mirador de Piedra Volada. Éste tiene la peculiaridad de ser una enorme saliente que tiene en la parte superior una inmensa roca redonda sobre la cual te puedes mover para balancearla de un lado a otro. A mucha gente le da escalofrío por la sensación de que fuera a caerse a la barranca pero otras piensan que es muy divertido, en realidad el sitio es seguro. Cerca de este mirador se encuentra una típica escalera tarahumara, que es utilizada para subir cada mañana por una familia tarahumara, la cual vende sus artesanías en el mirador y, posteriormente, baja por la tarde de regreso a su casa. Bajando esta escalera a unos 80 metros sobre la planicie se encuentra la casa del señor Adrián, quien vive con su familia tarahumara utilizando unas enormes rocas como base de las habitaciones de su hogar. Estas rocas también les sirven como cerco natural donde tienen algunos animales, como chivos y gallinas. La dieta principal de los tarahumaras consiste en frijol, calabazas, pinole y principalmente maíz, que lo utilizan en tortillas y atole. No todos los tarahumaras utilizan estas enormes rocas para hacer sus casas, pero sí es muy común entre quienes habitan en las barrancas. En Divisadero y en general en toda la zona de las barrancas puedes practicar la observación de fauna, en especial la de aves. Nosotros, por ejemplo, pudimos observar bastantes pájaros carpinteros conocidos como “carpintero bellotero”, halcones grises, pájaros azules (blue jay), entre muchos otros. Así que no olvides llevar un buen par de binoculares que también te sirven para los paisajes del recorrido en tren y para las noches estrelladas que, cuando está despejado, se pueden apreciar en toda la zona.



Visitamos otra casa tarahumara, cerca del hotel Posada Barrancas, lugar donde vive una familia que por generaciones ha utilizado como hogar una especie de refugio natural formado por una gigantesca saliente en la pared de la barranca. Muchos tarahumaras habitan cerca de corrientes o filtraciones de agua —como en este caso— a través de la roca, la cual cae a un contenedor tallado en la misma roca. Esta familia vive casi por completo del turismo. Aquí conocimos al señor Andrés, viejecito de 104 años que gusta de tocar su violín a la vez que se gana un dinerito con los turistas. Martín nos platicó que existe una tradición entre los tarahumaras, que consiste en morir sin causar molestias a sus familiares, por esto es que mucha gente de edad avanzada, cuando siente cerca el momento de la muerte y todavía está en condiciones de desplazarse, busca un lugar apartado para morir, como huecos o cavidades. Cuando los familiares se dan cuenta que la persona ya no aparece, saben que se fue a morir. Existen cuevas en la Sierra Tarahumara donde hay gran cantidad de esqueletos, son una especie de “santuario tarahumara” a la muerte.
Divisadero brinda muchos atractivos al viajero, ya sea clásico, mochilero o campista. El tiempo recomendado a pasar en este lugar depende del itinerario de cada quien, pero mínimo se recomienda pasar una noche para disfrutar la tarde de un día y la mañana del otro. Si el espíritu aventurero es más fuerte existen recorridos desde un día (ración de agua y un refrigerio son suficientes) hasta cuatro de duración que te llevan al fondo de las barrancas para ir recorriendo los senderos y acampando al anochecer. Los recorridos largos a la barranca se apoyan con mulas para bajar y trasladar el equipo. Estos recorridos por los senderos te pueden llevar desde Divisadero hasta Urique o Batopilas.
Si eliges un recorrido al fondo de la barranca pregunta a tu guía por una planta de chile silvestre que crece en el fondo del cañón y que los tarahumaras cortan para luego vender a los mercados locales. Este chile es muy picoso y son una bolitas verdes que se puede utilizar en salsa o dejar secar al sol donde adquiere una coloración rojiza y luego se espolvorea en los platillos dándole un sabor especial.
Si cuentas con algo más de presupuesto puedes contratar un recorrido en helicóptero por las barrancas que dura 15 minutos (unos $850.00 pesos por persona) e incluso otro de más tiempo ($1,500.00 pesos por persona), donde te llevan a la cascada de Piedra Volada y a la peña de El Gigante, aquella pared vertical de 885 m que escaló nuestro amigo Carlos García y que en el número pasado de EXPEDICIÓN se publicó un artículo de dicha aventura.
Nuestro recorrido por Divisadero terminó y, a eso de las 2:00 P.M., tomamos el tren Primera Express para dirigirnos hacia El Fuerte, Sinaloa. Este trayecto dura aproximadamente seis horas pero debes estar muy atento porque esta es la parte del recorrido más espectacular, donde el ferrocarril se va internando en la montaña para —literalmente— atravesar la agreste geografía de la Sierra Tarahumara. Pasarás junto a acantilados, entrarás a túneles cortos y largos, cruzarás puentes sobre caudalosos ríos, subirás y bajarás por la sierra y, en época de lluvias, podrás contemplar gran cantidad de cascadas que aparecen quién sabe de dónde. Existen unas guías que contienen kilómetro por kilómetro lo que puedes ver durante el recorrido en tren y sólo tienes que buscar a la orilla de la vía unos postes metálicos que indican el km sobre el cual vas cruzando. Con estas guías sabrás cuándo se acerca un túnel, un puente o una cascada y podrás salir al espacio que hay entre vagón y vagón para apreciar mejor las vistas.
Al pitar del tren y ya cayendo la tarde comprobamos por qué este recorrido es el más espectacular del mundo. El tren Primera Express en el que íbamos se componía de cuatro vagones de 68 pasajeros cada uno (alfombrados, con asientos reclinables, aire acondicionado o calefacción y baños ecológicos), carro-bar y carro-comedor, así que decidimos cenar antes de llegar a la siguiente estación. En el carro-comedor la comida es excelente, hay una amplia gama de platillos a la carta con muy buen servicio. En lo particular te recomendamos las hamburguesas que se sirven en el tren, ¡están deliciosas!. Siempre que pienses cenar en el tren pregunta hasta qué hora hay servicio para que no te vayas a quedar sin alimentos. Por lo general el servicio termina entre siete u ocho de la noche, dependiendo del tiempo que lleve el tren. En el carro-bar puedes ir a platicar y botanear con una cerveza fría o la bebida de tu elección.
A eso de las 8:00 P.M. llegamos a la estación de El Fuerte donde ya nos esperaban para trasladarnos al hotel. La estación se localiza a unos 25 minutos del pueblo. La población de El Fuerte fue fundada por el capitán Francisco de Ibarra en 1564 y es uno de los más bellos pueblos típicos del norte de Sinaloa y cuenta con varios edificios coloniales. No es difícil imaginar el antiguo señorío de este lugar al transitar al lado de casas con enrejados de hierro fundido y añejos portones, o por callecitas empedradas con caseríos del siglo XIX. En El Fuerte hay mucho qué ver y hacer. Aunque llegues de noche te recomendamos salir a dar la vuelta por la plazuela. Ahí podrás apreciar el atractivo quiosco, el Palacio Municipal, la Casa de la Cultura, la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús (construida en el siglo XVIII) y, si llegas en viernes o sábado, podrás apreciar la extraordinaria belleza de la mujer sinaloense, ya que la plazuela es el lugar de reunión de la gente joven y todavía conserva aquella tradición de estar dando la vuelta a la plaza: caballeros en un sentido y damas en otro. Si te es posible, hospédate en el hotel Posada del Hidalgo, el cual es una casona remodelada al estilo de la época colonial y está a una cuadra de la plazuela del pueblo. La casona original, al igual que muchas de El Fuerte, guarda muchas historias y leyendas. Por ejemplo, recibió la visita de Venustiano Carranza a su cruce por la Sierra, en 1913, procedente de Parral. También se cree que en este lugar nació en 1795, el legendario “Zorro”, don Alejandro de la Vega, personaje hijo del español don Diego de la Vega y una mujer mestiza, de quien se dice vivió los primeros diez años de su vida en este lugar. Esta historia, olvidada hoy día por la gente de El Fuerte, fue recientemente retomada por un cronista local. En el hotel tienen mucha más información por si te interesa. El Fuerte cuenta también con algunos bares muy peculiares donde puedes pasártela muy bien y refrescarte del fuerte calor.
Por la mañana visitamos un fuerte militar que dio origen al nombre del lugar. Este fuerte es una reciente reconstrucción del original, el cual inició su construcción en 1608 bajo la orden de Martínez de Hurdaide, debido a que los indígenas del lugar eran demasiado agresivos y no respetaban las armas españolas. Esta construcción se terminó en 1610 con una dimensión aproximada de 100 m2 y una altura de sus paredes de siete metros. Actualmente esta reconstrucción es un museo y desde lo alto de sus paredes se divisa el caudaloso río Fuerte. La población de El Fuerte fue adquiriendo importancia debido a que era paso obligado para todas las expediciones para colonizar Sonora, Arizona y California. Además, a mediados del siglo XIX, con el auge de la minería en Batopilas, Urique, Lluvia de Oro, Chínipas y el Realito, El Fuerte comenzó a adquirir importancia comercial.



Este interesante lugar también ofrece excelentes servicios de los clubes cinegéticos para la práctica de la caza y pesca deportiva, ya que en sus cercanías se ubican dos grandes presas (Miguel Hidalgo y Costilla y Josefa Ortiz de Domínguez), que almacenan las aguas del río Fuerte, el más caudaloso del estado. Los embalses están sembrados con lobina negra, pez muy codiciado principalmente por el turismo norteamericano y canadiense.
En sus alrededores y durante la temporada que va de noviembre a febrero, se pueden observar miles de aves migratorias, principalmente patos y gansos al igual que el pichón azul, paloma ala blanca, pichihuila y codorniz.
Si dispones de tiempo para quedarte más de un día en El Fuerte, puedes practicar gran cantidad de actividades ecoturísticas, como recorrido de río en balsas y observación de aves, o bien realizar caminatas y montañismo siguiendo un sendero que sale desde El Fuerte hacia la sierra de Los Cedros.
Al día siguiente, a eso de las 8 A.M., desayunamos y dejamos el poblado de El Fuerte rumbo a la estación para esperar el ferrocarril. Nuestro siguiente destino era internarnos nuevamente en la Sierra Tarahumara para llegar a Cerocahui. Para llegar ahí, el tren regresa a Chihuahua, lo cual nos permitiría disfrutar nuevamente el fascinante recorrido por la montaña. En el camino hacia la sierra y dejando atrás los valles verdes que rodean El Fuerte, nos enteramos que en estas tierras se cultivan muchos de los vegetales de la compañía del mismo nombre que seguramente han estado en tu mesa. Nuestro guía nos comentó que en el trayecto en tren hacia Los Mochis es posible ver verdaderas alfombras rojas donde se encuentran los campos de cultivo de tomate.
Nuevamente retomamos la guía del ferrocarril y estuvimos atentos a descubrir las maravillas de la Sierra. En ella nos enteramos que en el túnel 86, que se localiza en el km 754.6 y es el más largo del recorrido (1.81 km), durante la excavación fueron descubiertas tres vetas separadas de oro. Estas vetas fueron cerradas y cada vez que algún buscador de oro las destapaba eran vueltas a cerrar para prevenir que otros buscadores entrarán al túnel y fueran lastimados o muertos al paso del tren.
Cuando llegues a la estación de Temoris fíjate bien porque estarás en la barranca Septentrión, que es la única barranca por la que pasa el ferrocarril. Tiene una profundidad de 1,600 m y en el fondo corre el río del mismo nombre, que forma parte de la cuenca del río Fuerte. Además, en época de lluvias —cerca de la estación de Temoris— se puede apreciar una enorme cascada. Ahí, en ocasiones, podrás tener un poco de tiempo para observar la barranca, sin bajar del carro, ya que el tren hace una parada para cambio de vía debido a que en este punto se intersectan los trenes con dirección a Chihuahua con los que van a Los Mochis. Pasando la estación de Temoris ponte atento porque viene el túnel 49 (km 704.7), conocido como La Pera, donde el tren da una vuelta de 180 grados dentro de la montaña. El paisaje que verás del lado derecho del tren cuando entres estará del lado izquierdo cuando salgas. Esta maravilla de la ingeniería no sólo hace una vuelta en “U” dentro de la montaña sino que cae o asciende (según de donde vengas) 30.48 m de entrada a salida. Para que te des una idea de lo gigantesco de la obra, te diremos que para completar el recorrido Chihuahua-Los Mochis se tuvo que perforar y construir 86 túneles de los cuales sólo 22 son falsos (no perforados y/o perforados en la montaña y recubiertos de concreto), sumando 18 kilómetros de longitud. Asimismo, la construcción de 175 puentes de diferentes estructuras con una suma de 5,000 metros de longitud. Independientemente de lo anterior, se logró penetrar a través de un paisaje de excepcional belleza que une polos de desarrollo y producción, y logra una opción para el transporte de grandes volúmenes de carga desde el medio oeste de Estados Unidos, hasta la costa del Pacífico y viceversa. En un trayecto relativamente corto se integran al país zonas de producción ganadera, agrícola, forestal y minera y a su vez contribuye, sin pretenderlo, al desarrollo turístico más importante del norte de México.



A eso de la 1:30 P.M. llegamos a la estación de Bahuichivo. De aquí hay que seguir unos 45 minutos por camino de terracería (18 kilómetros) para llegar a Cerocahui. Es sorprendente cómo en esta región de la sierra el tiempo pareciera transcurrir lentamente, como un lugar mágico donde la prisa no existe. Por el camino de terracería podrás ver unos singulares monolitos de roca en lo alto de la montaña a los que se les ha encontrado parecido con personajes de televisión, como el oso Yogi. Ya casi para llegar al pueblo hay que pasar por un gigantesco túnel perforado perforado a base de cincel y dinamita por los habitantes locales. A lo lejos, rodeado de hermosos valles totalmente verdes y con un río cristalino que sigue la traza del camino, se comienza a distinguir la torre de la iglesia del pueblo. Nuestro guía nos comentó que Cerocahui fue fundada en 1680 por el misionero jesuita Juan María de Salvatierra, quien mandó construir la misión de San Francisco Javier de Cerocahui en el centro del pueblo. Es una población de tradición agrícola y minera. Finalmente llegamos a donde nos hospedaríamos, el hotel Misión de Cerocahui, que debe su nombre a la proximidad con la misión de San Francisco. El hotel semeja un convento y tiene una tranquilidad que invita a reflexionar. Descansamos, comimos y de inmediato salimos a la aventura. Desde Cerocahui es posible realizar infinidad de recorridos como caminatas al bosque y cascadas, cabalgatas, bici de montaña, escalada en roca, rappel e incluso rafting (en temporada de lluvias), entre otras actividades. Realizamos un recorrido al que es considerado el mirador más espectacular de todo el circuito de barrancas. En lo alto de cerro del Gallego, conocido con ese nombre porque la leyenda dice que ahí perdió la vida un misionero de origen español, se encuentra un mirador desde donde se aprecia en toda su majestuosidad la Barranca de Urique, la más profunda de la Sierra Tarahumara con 1,879 metros. La escena se torna aún más increíble con el río Urique y la población minera del mismo nombre al fondo de la barranca. Hay un recorrido que puedes contratar hasta la población de Urique, tiene una duración aproximada de siete horas (ida y vuelta), se hace en camioneta y es uno de los recorridos más espectaculares ya que el camino desciende bruscamente por una ladera hasta el fondo de la barranca. La vegetación va cambiando conforme desciendes ya que bajas de 2,500 a 500 MSNM y cambia de bosque a paisaje semidesértico-tropical. El único contacto de Urique con el mundo es a través del camino que lo conecta con Cerocahui y Bahuichivo, a pesar de ello Urique es cabecera municipal. Es precisamente de aquí donde en temporada de lluvias se puede realizar rafting. Toda esta región es rica en minerales como oro y plata por lo que todavía es frecuente encontrar gambusinos que traen una que otra pepita y ni se diga de leyendas sobre mineros. De regreso a Cerocahui, ya un poco tarde, nos esperaban con la cena para seguir con nuestros recorridos a la mañana siguiente. Temprano realizamos una caminata de tres horas para visitar la cascada de “Huicochi”. Otros recorridos que puedes realizar son hacia el Valle del León, desde donde puedes ver excelentes vistas del pueblo y del valle (dos horas de caminata), en época de lluvias y Las Cascaditas donde incluso puedes nadar en algunas pozas. También puedes visitar el internado de niñas tarahumaras y —por supuesto— la misión jesuita de San Francisco que está muy cerca del hotel. Dejamos Cerocahui y tomamos el tren en la estación de Bahuichivo rumbo a nuestro siguiente y último punto en el recorrido: Creel.
A Creel se le considera el punto estratégico para visitar los cañones de la Sierra Tarahumara. Antiguamente la economía de Creel dependía de los aserraderos, pero hoy el turismo y el comercio son las actividades más importantes del pueblo. Es una población pequeña que siempre tiene actividad turística y en épocas como verano e invierno es casi como una sucursal de la ONU: te encuentras a gente de todo el mundo que visita la zona. Desde aquí puedes contratar recorridos a lugares como Basaseachi, San Rafael, Batopilas y Guachóchic, que son excursiones que te llevarán gran parte del día e incluso en algunas tendrás que pernoctar. Pero lo más interesante son las maravillas naturales cercanas a Creel, a muchas de las cuales puedes llegar incluso en bicicleta de montaña. Te recomendamos alquilar una bicicleta en el centro de Creel, pregunta a tu hotel dónde puedes hacerlo, y dirígete al hermoso Valle de Arareko. Donde alquiles tu bici seguramente te darán mapas para que te orientes. En el Valle de Arareko se encuentra una serie de formaciones rocosas llamadas “Los Hongos”, “Las Ranas”, “La Montura” y “Las Chichis” que se originaron debido a la erosión del viento y del agua. Si te gusta practicar la escalada en bloque, aquí es donde debes de venir. En Arareko viven muchos tarahumaras y hay infinitas veredas para explorar. Vete preparado con un refrigerio ligero y tu ración de agua.
A siete kilómetros al oeste de Arareko se encuentra un valle un poco misterioso al que se le conoce como Bisabírachi o valle de los Monjes. Aquí también puedes llegar en bicicleta y te encontrarás con inmensas columnas de roca de entre 40 y 50 m. Una colección de formas entre túneles, cuevas, peñas te permitirá explorar este lugar que parece como petrificado ya que el suelo alrededor de las columnas también es de roca. El lago de Arareko, localizado a siete kilómetros de Creel, es el lugar ideal para acampar y visitarlo, sobre todo en invierno cuando gran cantidad de aves migratorias llega a esta zona procedente del norte del continente. Terminamos nuestro recorrido en la cascada de Cusararé, considerada como una de las más bellas de toda la Sierra Tarahumara. Para llegar ahí es necesario caminar por una vereda de tres kilómetros; el recorrido por el bosque es sencillo y muy atractivo. Incluso en época de lluvias podrás cruzar por el río que alimenta la cascada y cuyo sustrato es de roca sólida, por lo que parece una enorme fuente. La cascada es de tipo catarata y se encuentra rodeada de un hermoso bosque de pino y encino. Nuestra visita coincidió con la época de lluvias y su caudal era abundante, pero incluso en invierno cuando no hay tanta agua nos platicaron que ver caer los bloques de hielo en la cascada es otro espectáculo. La caída de la cascada de Cusararé es de 30 metros. Regresamos a Creel y tomamos el tren de regreso a Chihuahua. Estábamos algo cansados pero muy contentos de haber contemplado —aunque fuera sólo por siete días— la magnificencia de los paisajes de la Sierra Tarahumara, créanme: es algo que no deben dejar de visitar y que afortunadamente está en México.