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Número 12


  
          



BOSQUE DE CACTUS

La zona más importante de cactus columnares del mundo

Reserva de la Biosfera de Tehuacán-Cuicatlán

Seguramente has recorrido bosques tupidos de enormes pinos y encinos, pero... ¿has estado alguna vez en un bosque lleno de enormes cactus? Suena algo extraño, extravagante, pero realmente fascinante. A tan sólo tres horas de la Ciudad de México se encuentra un lugar lleno de contrastes; el terreno que alguna vez estuvo bajo el mar emergió para mostrarnos la enorme riqueza de vida marina que existió hace millones de años. Este vasto terreno ahora está cubierto por un bosque de cactáceas, muchas de las cuales poseen edades de hasta mil años: mudos testigos del poblamiento prehispánico de la Mixteca poblana.
Antes de unirse en el macizo montañoso llamado Nudo Mixteco, las estribaciones de las Sierras Madre Oriental y Occidental nos asombran dejando lugar a un estrecho valle de formas irregulares que se extiende desde el sureste poblano hasta los territorios noroccidentales de la Mixteca oaxaqueña. Aunque separados por la división estatal y con diferente nombre en cada entidad —Tehuacán en Puebla y Cuicatlán en Oaxaca—, forman un Área Natural Protegida con historia geológica común, encerrada en altas cumbres y en la que convergen climas semiáridos, templados y tropicales en los que se entrelazan las mismas especies de flora y fauna: la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, a sólo 130 km de la ciudad de Puebla.
La Reserva tiene una extensión de 490 mil 186 hectáreas y la conforman 31 municipios del estado de Oaxaca y 20 de Puebla.
Es diferente el acceso a cada uno de estos municipios, pero se les puede conocer partiendo de la
ciudad de Puebla sobre la autopista Cuacnopalan-Oaxaca; al llegar a Tehuacán, y desde este punto, se
puede atravesar gran parte de la Reserva utilizando las carreteras 131 y 125 y sus caminos secundarios.
Debido a las dimensiones de la Reserva se nos recomendó visitarla por partes y en distintos viajes. Esta ocasión tocó visitar la parte norte, cerca de Tehuacán. Nos acompañó Ramón Montero, quien trabaja en la Reserva y además sería nuestro guía en esta aventura.

Temprano y a bordo de una pick up 4x4, para las áreas fangosas producto de las lluvias, iniciamos el recorrido dirigiéndonos a San Antonio Texcala, lugar famoso por sus canteras de ónix y mármol, y primera escala del recorrido. Acudimos a una cantera donde se extraía ónix y nos sorprendimos por las enormes perforaciones en la roca a manera de cubo, de donde poco a poco se extrae este material para después ser trabajado y transformado en artesanías que se venden a turistas que visitan esta comunidad; otra buena parte de la producción se va al sureste de la República. Nos despedimos de los trabajadores de la cantera y seguimos nuestro camino hacia el municipio de Zapotitlán Salinas.
Este importante municipio de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán es el lugar más visitado por todo tipo de turista y es también uno de los sitios con mayor número de investigaciones realizadas; por todo ello y por su cercanía a la ciudad de Tehuacán, Zapotitlán es el lugar más conociado por el resto del país y del mundo. Ramón nos platicó que desde el punto de vista natural, Zapotitlán es un valle de extraordinaria belleza y un lugar único por su vegetación tan especial: quien lo conoce y valora la naturaleza regresa una y otra vez, pues en cada visita descubre siempre algo nuevo: una planta, un ave, algún hermoso ecosistema, algún rincón especial o simplemente un nuevo amigo. Durante el transcurso de ese día comprobaríamos que Ramón no exageró en sus comentarios. El día estaba despejado y los colores de las enormes cactáceas contrastaban con el azul intenso del cielo. Realizamos una caminata al fondo de una barranca conocida como Barranca Grande. Conforme bajábamos se apreciaban unos peculiares depósitos con agua, de tonalidades verdes a terracota; eran salinas, una primitiva pero efectiva forma de obtener sal. Seguimos descendiendo hasta llegar a una fachada de adobe semiderruida, entramos por uno de sus costados, siempre revisando el suelo para evitar toparnos con alguna serpiente. El lugar, un tanto misterioso, resguarda una serie de pinturas murales de carácter religioso con trazo sencillo en intensas tonalidades. Estábamos en el interior de lo que se conoce como la Capilla Enterrada, construcción que poco a poco fue siendo cubierta por los deslaves de los dos cerros que rodean esta barranca. Desgraciadamente —y para aumentar el misterio— no existe ningún archivo en el que se pueda conocer quién y en qué año la construyó, lo único que se sabe es que la Capilla Enterrada, en tiempos de la Revolución, era utilizada para salvaguardar las vidas de los frailes y las mujeres vírgenes, porque toda esta ruta de la Mixteca poblana era paso de los revolucionarios que venían de Oaxaca rumbo a Tehuacán y asaltaban los pueblos ubicados en la zona para abastecerse de víveres. Las imágenes de la Capilla muestran escenas de la pasión de Cristo, como el beso de Judas, el vía crucis, la crucifixión y la resurrección, entre otras; imágenes de un estilo muy peculiar que invitan a la reflexión. Es importante que las autoridades encargadas de la conservación y restauración de monumentos presten atención a esta construcción para evitar saqueos, deterioro y posible desaparición.



Con una sensación de tranquilidad dejamos la intrigante capilla y retomamos el camino para salir de la barranca. El calor comenzaba a subir. Fuimos afortunados y nos topamos con un pequeño camaleón que se vio tan sorprendido como nosotros. Por el camino un pequeño arroyo llamó nuestra atención. Ramón nos invitó a probar unas gotas de aquel hilo de agua; para nuestra sorpresa: el agua estaba completamente salada. ¿Por qué?, bueno hay que recordar que este territorio se encontraba, en el cretácico inferior, hace millones de años, sumergido en el mar, el cual, al irse retirando, dejó depósitos de sales minerales en toda la región, de ahí que desde el tiempo prehispánico la cultura popoloca utilizara las salinas como medio de producción de sal, la cual ofrecían como tributo al imperio mexica. Se dice que muchos hombres iban cargando, desde Zapotitlán hasta la gran Tenochtitlan, tamemes repletos de sal para que pudieran sazonar los alimentos del emperador. Estas salinas estuvieron en funcionamiento desde el año 1400 D.C., y sigue siendo una actividad económica de la que viven hoy día muchas familias de Zapotitlán Salinas. Ramón nos explicó que existen salinas prehispánicas como las que estábamos viendo en Barranca Grande y otras contemporáneas. Ambas tienen un sistema de producción muy similar que consiste en extraer agua salada de pozos y rellenar con ella unos recipientes rectangulares de entre 5 y 11 centímetros de profundidad y varios metros de superficie. Mediante una vara se da movimiento al agua en estos contenedores para que se vayan asentando las sales minerales y poco a poco el agua se va calentando y evaporando para dejar libre la sal. Se produce sal para ganado y consumo humano y se comercializa en los mercados de Tehuacán y en algunos otros de las ciudades de Puebla y Oaxaca. Ya era casi mediodía y con todo este asunto de la sal y la comida del emperador, el hambre ya se sentía, así que decidimos comer en Zapotitlán. Con el estómago satisfecho continuamos el recorrido ahora hacia la cascada de Tilapa. Este recorrido lo hicimos en cuatrimoto por caminos de terracería. Seguíamos asombrados por la cantidad de cactáceas de la región. Uno que otro charco en el camino hizo aún más emocionante el recorrido. Tilapa es una cascada pequeña que se abastece de un ojo de agua que nace aproximadamente a 1 km y medio de la cascada. Esta agua la utilizan para riego en las comunidades de los Reyes Mezontle y de Zapotitlán Salinas. Decidimos escalar los peñascos que se encuentran alrededor de la cascada para admirar el paisaje desde la cima: una alfombra de cactáceas hasta donde la vista alcanza. Y más sorpresas, encontramos en toda la roca del peñasco marcas fósiles: conchas de unos moluscos gasterópodos llamados turritelas o “tornillos”, como les llama la gente de la región (por el parecido con estas piezas de metal). Una buena cantidad de marcas de unos 19 cm de largo se hacían presentes en toda la roca; recordatorio del antiguo fondo marino. Dejamos Tilapa y nos dimos tiempo para ir apreciando las cactáceas de la zona. A unos 25 minutos de Tilapa se encuentra una cañada en cuyo fondo cruza un río, ahora semiseco pero con un poderoso caudal en época de lluvias. A este lugar se le conoce como Agua el Burro, siguiente punto del recorrido. Bajamos al río para realizar una caminata sobre su cauce. Poco a poco y con paciencia fuimos descubriendo más evidencias prehistóricas. Entre las piedras redondeadas por la erosión del agua comenzamos a descubrir diferentes clases de bivalvos (semejantes a las almejas), muchos del tamaño de un puño. Es increíble poder tener entre las manos los restos fósiles de una criatura de hace 100 millones de años, con su forma perfectamente preservada en piedra. Pudimos apreciar a los costados del cauce los estratos que nos hablan de la historia geológica de la región. La fauna actual también se hizo presente al dejar sus huellas impresas en los bancos de arcilla húmeda que se forman a la orilla del río. Eran huellas de mapache. Hay que hacer hincapié en que si visitas esta zona no debes llevarte nada más que la imagen en tu mente y en fotografía. Si encuentras un fósil obsérvalo, revísalo, valora lo que estás tocando y déjalo en el mismo sitio donde lo encontraste.
El día terminó en el Jardín Botánico Helia Bravo Hollis, nombre dado en honor a una destacada investigadora botánica. Este jardín se ubica en Zapotitlán, a 25 km de Tehuacán, y cuenta con una importante colección de cactáceas y algunas muestras de reptiles, además, como dato curioso, fue aquí donde se filmó aquella controvertida película La Ley de Herodes. Los guías del Jardín nos dieron una muy buena explicación de la biodiversidad de la región. Nos comentaron que La Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, por su evolución geológica, ha generado una serie de ecosistemas clasificados en más de 20 tipos de vegetación; esta diversidad ha favorecido un importante número de endemismos. Cerca de 30% de flora es única del lugar, con más de 600 especies, entre las que figuran biznagas, ocotillos, cícadas, crasuláceas, magueyes y el sotolín o pata de elefante, la cual es endémica y está amenazada. Esta Reserva es reconocida a nivel mundial por su gran cantidad de cactáceas columnares, entre las que destacan los tetechos (de hasta 15 m de altura) y los cardones. Una cuarta parte de las 81 cactáceas clasificadas en el país y más de 800 variedades de plantas vasculares existen aquí.



Por otro lado, la Reserva alberga grandes extensiones de selvas bajas de hoja caediza y en las partes altas encontramos bosques templados de pino, encino, junípero y asociaciones con orquídeas y bromelias.
En cuanto a fauna, hay alrededor de 102 especies de mamíferos, entre los que sobresalen los murciélagos, con más de 36 especies, los cuales son imprescindibles para la polinización de los cactus y otras especies de la región; existen otros mamíferos como el puma, depredador del venado cola blanca, además de pequeños mamíferos como los jaguarundis, zorrillos, zorras, coyotes, mapaches, tejones, nutrias y ardillas.
Se tiene conocimiento de alrededor de 349 especies de aves, entre las que destacan la guacamaya verde, el trogón, correcaminos, palomas, tecolotitos enanos, pájaro carpintero, halcones y aguilillas, así como un sinnúmero de pájaros de percha. Hay alrededor de 135 especies de reptiles, como víbora de cascabel, coralillos, bejuquillos, iguanas negras, verdes y uno de los únicos saurios venenosos en el mundo, llamado Heloderma horridum, también conocido por los lugareños como “escorpión”. Se tienen identificadas alrededor de 14 especies de peces, algunas endémicas como la carpita de tepelmeme, especie en peligro crítico de desaparición.
El Jardín Botánico Helia Bravo Hollis, con una superficie de 100 hectáreas, cuenta además con senderos, torres de observación de aves, zona para acampar y cabañas rústicas muy confortables donde puedes hospedarte. Aquí cenamos y pasamos la noche.
El día siguiente comenzó muy temprano, a eso de la 5 de la mañana, para poder fotografiar un amanecer en el bosque de cactáceas y observar algunas aves. Después de un desayuno ligero tomamos rumbo a la comunidad de San Juan Raya, todavía en Puebla, pero ya muy cerca de Oaxaca. Esta zona ha llamado la atención de científicos en los últimos 60 años. Investigaciones arqueológicas descubrieron las evidencias más antiguas de prácticas agrícolas y domesticación de plantas en el Continente Americano, la presencia de antiguas bandas de cazadores recolectores de hace 14 mil años en cuevas de la región, como El Riego, Coxcatán, Purrón, Abejas y Tecorral, muchas con rastros de pintura rupestre, demostraron que esta región formó parte de la gran civilización mesoamericana. Incluso las mazorcas más antiguas de maíz —conocidas hoy día— fueron encontradas en las cuevas Coxcatán y El Riego, en las proximidades de Tehuacán, fechados entre 8500 y 3000 A.C. Fue la gran herencia que se convertiría en la piedra angular para el desarrollo cultural de los pueblos americanos, entre ellos las etnias que sucesivamente han poblado esta zona: otomangues, afromestizos, olmecas, popolocas, ixcatecos, chinantecos, chochotecos, nahuas, mixtecos y mazatecos. Para la gente que gusta de la arqueología hay innumerables cuevas y ruinas de pirámides, entre ellas las Calipan, Sansuantzi, Cuta (a una hora y media en caminata del Jardín Botánico), Tepetiopan y Cerro de las Minas.



Con toda esta riqueza arqueológica, biológica y paleontológica, afortunadamente los pobladores de la Reserva han tomado conciencia del valor histórico de estas maravillas. Tal es el caso de los habitantes de San Juan Raya que han desarrollado un proyecto ecoturístico muy interesante con el apoyo de la CONANP es a través de la Dirección de la Reserva. La comunidad cuenta con senderos interpretativos, guías locales y hasta un museo de sitio paleontológico muy bien montado. Además, cuentan con todo un sistema de señalización y separación de desperdicios que ya quisieran tener en algunas grandes ciudades del país.
Pero si todo esto hace única a esta comunidad, lo más interesante estaba aún por llegar. Hace millones de años, cuando los dinosaurios caminaban por la tierra, lo que hoy es San Juan Raya, al igual que el centro de la República, estaba bajo las aguas de un mar poco profundo y cercano a la costa. En esta región se desarrollaban arrecifes de coral donde vivían gran variedad de animales marinos, los cuales hoy encontramos como fósiles. Si el día anterior nos sorprendimos con los fósiles encontrados, en San Juan no dábamos crédito por la cantidad y variedad de fósiles, muchos de ellos a plena superficie, casi como bucear “en seco”. Puedes encontrar corales, niradios, moluscos, bivalvos, almejas, equinodermos, erizos, esponjas, radiolas y caracoles, incluso madera fosilizada.
Los guías locales nos mostraron unos caracoles de unos 30 cm, tamaño que nos dejó asombrados. Pero los fósiles estrellas de este lugar son las turritelas. Cerca del pequeño pueblo hay una zona que afortunadamente está resguardada y muy bien transformada en un sendero interpretativo. Es aquí donde puedes ver sobre el piso millones, ¡sí, millones de turritelas!, de todo tipo de tamaño. Nuestros guías nos explicaron que debido principalmente a la erosión que ha afectado el sitio, los fósiles se encuentran aflorando entre rocas lutitas (de grano fino como arcilla) de color gris verdoso o verde amarillento con intercalaciones de rocas areniscas con espesores de 3 a 20 cm. Es una zona fósil donde los caracoles y crustáceos parecen aún tener vida. Cabe señalar que en toda esta región de la Reserva y en algunos lugares cercanos que ya no están dentro de ella, como Tepeji de Rodríguez, los paleontólogos siguen hallando restos de vida prehistórica. Los guías de San Juan Raya ofrecen caminatas de diferente duración. Algunas sencillas en los alrededores del pueblo y otras más largas de una o dos horas a los cerros y cañadas cercanas, además de que es posible acampar en la zona.



Definitivamente este lugar debe ser una visita obligada para todos aquellos que gustan de la observación de fósiles.
Las sorpresas en San Juan no terminan y sobre otro sendero visitamos una zona de biznagas gigantes, algunas de hasta 2.70 m de altura. Estas cactáceas tienen cientos e incluso mil años. Seguimos caminando rodeados de patas de elefante, gallinitas, lechuguillas, matorrales típicos de zonas semiáridas e incluso bellas flores propias de los cactus. Para donde mires más y más cactáceas. De regreso a San Juan Raya pudimos probar el fruto de la cactácea conocido como garambullo (Mytrocreus Gomeizan), es dulce y muy parecido al capulín y es utilizado, entre otras cosas, para preparar refrescos, mermeladas, en forma de pasas y en un sabroso licor del que nos hablaron mucho pero desgraciadamente no tenían en ese momento. Nos despedimos de nuestros anfitriones en San Juan, el señor Silviano Reyes y su hijo Jacobo, así como del señor Irineo Cortés, deseándoles suerte en su proyecto ecoturístico.
Regresamos a Zapotitlán Salinas para comer, conocer el pueblo y posteriormente buscar el licor de garambullo del que tanto nos hablaron en San Juan. El licorcito lo encontramos en la tienda “La Campesina”, a un costado de la iglesia del pueblo, la cual atiende don Julián Rivera, hombre entrado en años y muy amigable. Don Julián nos invitó una copita del licor y, mientras lo degustábamos, nuestro anfitrión se deleitaba contando sus hazañas de cuando en sus años mozos era de los bebedores más resistentes del afamado licor: nadie lo tumbaba. Nos platicaron que además de la sal y el licor de garambullo, Zapotitlán cuenta con otro producto: el chocolate hecho a mano. Nos despedimos de don Julián y seguimos recorriendo el pueblo. Preguntando por el chocolate, llegamos con doña Inés Hernández Carrillo quien es una de las dos personas de Zapotitlán que fabrican el chocolate; amablemente, nos explicó su proceso de elaboración artesanal: para elaborarlo se necesita cacao, azúcar, almendra, canela, un metate y brazas calientes bajo éste. Se muele el cacao con la canela y la almendra, y se trabaja en el metate caliente. El calor hace que el cacao suelte la grasa y entonces se revuelve con la azúcar; todo se mezcla en el metate. Se vuelve a moler en el molino, y nuevamente se trae al metate para entonces hacer la tablilla. Créanme, es un chocolate delicioso para comerlo solo, con leche, en atole y el clásico con agua y molinillo. Nos despedimos de doña Inés llevándonos nuestra respectiva dotación de chocolate.
El día terminaba y con él nuestra visita. El valle de la Reserva nos invitó a recorrerlo, a conocer sus bellezas naturales, sus enormes cactáceas y antiguos fósiles, pero sobre todo a su gente. A lo lejos, sobre la carretera, veíamos hacerse pequeñas las dos pintorescas iglesias de Zapotitlán Salinas, mientras que nos enfilábamos rumbo a Tehuacán y planeando ya la segunda visita a la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.



Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán (RBTC)

• La RBTC tiene la mayor diversidad de cactáceas columnares de México y del mundo, ya que nuestro país es el número uno en especies de cactáceas.
• El 10% de especies de agaves de México tiene su distribución en la RBTC.
• La RBTC ocupa el primer lugar en especies de burseras.
• La RBTC tiene tres de las especies más longevas, el sotolín o pata de elefante (Beaucarnea gracilis) con individuos de más de 800 años, Fouquieira purpusii con individuos de más de 1000 años y biznaga o asiento de suegra (Echinocactus platyacanthus) con más de 500 años.
• Forma parte de las tres regiones semiáridas más ricas en especies de flora en el mundo, junto con la Península de Baja California y el Desierto de Transval en Sudáfrica.

¿Quién te lleva?

Para informes de recorridos y hospedaje en la Reserva, comunícate a la Dirección de la Reserva Tehuacán-Cuicatlán al teléfono 01 (238) 382 7442 o directamente con el comisariado de Bienes Comunales de Zapotitlán Salinas, al tel. 01 (237) 383 6834. Si visitas esta región te recomendamos comer en el restaurante “El Comunero”, en donde su propietario José Carrillo te ofrecerá deliciosos platillos típicos de la región.

Agradecemos a la CONANP, a la Dirección de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, a las comunidades de San Juan Raya y Zapotitlán Salinas y a Ramón Montero por las facilidades brindadas para la realización de este artículo.