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Explorando El Cañón del Infierno
Al sureste del estado de Nuevo León inicia esta aventura. Lo que en un principio era una expedición para detectar cuevas se fue convirtiendo en una prueba de vida, ya que la labor más importante en ese aguerrido terreno era no morir; tendríamos que enfrentar nuestros miedos y uniríamos nuestras fuerzas para salir adelante en el viaje a través de toda la barranca. En pocas palabras, sabríamos por qué este lugar es conocido como El Cañón del Infierno. Eran las 3 de la tarde de un miércoles a finales de marzo del año 2001, cuando alguien preguntó: “¿Iremos a salir de aquí con vida?”, y alguien con miedo contestó: “¡no, vamos a morir!”; otro más preguntó: “¿la comida alcanzará para todo el viaje? ¿Cuántos días nos faltarán para salir?” Estas preguntas vienen a mi mente cuando cierro los ojos y me acuerdo de aquel viaje... se me revuelve el estómago y se me encoge el corazón al recordar aquella exploración que realizamos, toda esa incertidumbre que vivimos dentro del majestuoso Cañón del Infierno. Hace 30 años aproximadamente, en Francia y Estados Unidos (Utah) se inició la actividad del cañonismo, también conocido como barranquismo, que consiste en bajar caminando, nadando y/o ¨rapeleando¨ por el cauce de un río en el fondo de un cañón o barranca, en el que generalmente se encuentran tiros y cascadas, lo que hace indispensable el uso de equipo especial (cuerdas, casco, neopreno, etc.) para poder hacer el descenso en forma adecuada. Es común que la actividad únicamente dure un día, cargando sólo algo de comer y el equipo vertical, como en el famoso Cañón de “Matacanes” en Nuevo León o el Cañón del “Paraíso Escondido” en Hidalgo (véase Expedición, núm. 4, marzo-abril 2003, págs. 6-10). Pero en esta ocasión la aventura duraría varios días, lo cual pondría a prueba nuestra condición y el temple de la expedición. El imponente Cañón del Infierno inicia su recorrido en el sur del estado de Nuevo León a 1,700 MSNM, se puede escuchar la respiración del monstruo desembocar sus aguas al río Purificación a un nivel de 390 MSNM, en el oeste del estado de Tamaulipas. Viaja aproximadamente 60 km entre infranqueables y sublimes paisajes en lo profundo de paredes de hasta 1,000 metros de altura, los cuales no habían sido molestados por el ser humano desde sus orígenes.
Domingo 25 de marzo... el inicio Nos reunimos en el pintoresco pueblo de Zaragoza, al sur del estado de Nuevo León, el equipo de seis exploradores: Peter Sprouse y Jonathan Wilson (EU), Bernhard Köppen y Michael Denneborg (Alemania), Víctor Chávez y yo (México). Nos repartimos el equipo que necesitábamos: cuerdas, rotomartillo, anclajes de acero (que se abandonarían en cada rappel), botiquín de primeros auxilios y las estufas de gasolina. Sabíamos que cada mochila debería ser impermeable, “hay muchos tramos que hay que nadar” explicó Bernhard, quien ya había estado anteriormente en la primera parte del cañón. De este modo, envasamos en sacos y botes impermeables los artículos personales como bolsas de dormir, comida deshidratada y algo de ropa. Respecto de la comida, Jonathan, Víctor y yo previmos 7 días de víveres, los alemanes habían calculado para 10 días, circunstancia que nos pesaría después. “Si se nos acaba la comida, tendremos que pescar”, comentó Peter riéndose. Cuando ya prácticamente estaba todo listo para partir, Peter decidió no ir ya que una de sus alergias había mermado su estado de salud drásticamente, “quedarme es lo más prudente”, dijo. Fue él quien tuvo la idea de hacer todo el recorrido del cañón para buscar cavidades, fue una pena que no fuera. Aun así, los demás decidimos emprender el recorrido. El viaje de acercamiento inició en la ranchería de “La Encantada” con una caminata engañosamente ordinaria de seis km, ya que más tarde bajó una neblina que no dejaba ver más allá de 20 m y envolvía todo el camino de terracería. Además, las mochilas que iban de 25 a 35 kilos de peso hacían que la marcha fuera aún más lenta. Justo antes de que oscureciera encontramos el río que se encajonaba entre paredes cubiertas de vegetación: era la puerta al Cañón del Infierno. Un hermoso y frío bosque de pinos fue el escenario del primer campamento. Lunes 26 de marzo... sin retorno A las 10 de la mañana, con los ánimos bien arriba, iniciamos el descenso dentro del cañón con un largo andar a través de saltos y zambullidas en pozas de agua fría (entre 11 y 12° C). En algunas partes del cañón el agua desapareció, filtrándose por debajo de las piedras. El día iba transcurriendo sin ningún percance entre fantásticos escenarios de vegetación y paredes alucinantes hasta que uno de nosotros estuvo cerca de pisar una víbora de cascabel. A partir de ese momento debíamos tener mucho cuidado para no ser mordidos. Iniciada la tarde llegamos al primer rappel de unos 12 m de altura, colocamos los anclajes en la pared, pusimos la cuerda y descendimos uno a uno. Al tirar de la cuerda y recuperarla nos miramos y supimos que ya no habría opción de regresarse, debido a las paredes tan altas ya no había rutas para escapar, la única salida era bajar, bajar y ¡bajar! El pensamiento de tener que hacer todo bien se fusionaba con el sentimiento de que algo podía salir mal. En medio de piedras y a la mitad del cauce del río sin agua decidimos parar a las 17 hrs. Al estudiar el mapa vimos lo que caminamos y nadamos: recorrimos ese día aproximadamente 10 km. ![]() Martes 27 de marzo... la sed Ya en el tercer día seguimos descubriendo algunas entradas de cuevas, pero las que estaban accesibles y podíamos incursionar acababan a pocos metros junto con nuestras ilusiones; mientras que las cuevas a las que no podíamos llegar debido a que había que hacer escalada y no llevábamos el material necesario, nos conformábamos con imaginarnos que eran largas y profundas. Conforme más bajábamos el calor aumentaba y los lugares con agua empezaban a disminuir radicalmente, ya que el líquido vital nos había abandonado kilómetros atrás; Michael se burló diciendo “si seguimos así, en la cena de hoy disfrutaremos de nuestros orines”, lo que no sabíamos que, por poco, y sí ocurría. Esa noche, aunque los problemas de deshidratación no eran tan graves, ya los estragos de tener la boca seca tenían que ser apaciguados, por lo que tomamos y cocinamos con agua de un estanque color café. Nos acercamos con mucha cautela a tomar agua pues en el día otra vez vimos un par de víboras de cascabel. Miércoles 28 de marzo... el paraíso Por la mañana, al estar preparándonos para la jornada, nos preguntamos si debiésemos ponernos el traje de neopreno, ya que si nos lo poníamos y resultaba ser el camino igual de seco que el del día anterior, sería contraproducente pues nos derretiríamos bajo los rayos del sol. La vida suele ser tan irónica que después de castigarnos dos días con la sed, esa mañana, un par de horas después, la duda se disipó con la emoción de estar zambulléndose y saltando hasta el ocaso en piscinas naturales de color aguamarina, y durante los tres días siguientes. Con tanta agua, el cañón se había convertido en una alberca interminable con algunos trampolines de piedra. Definitivamente había sido la parte más bella del Cañón del Infierno que habíamos visto. Unas pozas cristalinas, paredones enormes, una tranquilidad seductora, habíamos visto alguna fauna: búhos, camaleones y víboras de cascabel. La complicación de la sed había sido resuelta, ahora lo que teníamos que enfrentar sería dónde poner el campamento, ya que básicamente todo el cañón estaba lleno de pedruscos y guijarros, ramas o de agua, y no era fácil encontrar un espacio libre para instalar las casas de campaña. En la noche, ya que por fin habíamos encontrado un lugar dónde poner el campamento, al hacer el recuento de la jornada vimos que de los 5 km avanzados, aproximadamente 1.5 km habían sido ¡nadados! Y que era el día en que, hasta ese momento, habíamos avanzado menos. Otra cosa que también notamos era que durante el trayecto vimos muchas piedras despedazadas en el piso porque se habían desprendido cientos de metros arriba, “¡es sorprendente!”, comentó uno, “tener el casco en la cabeza, no previene que te atraviese una de éstas”. Viendo el panorama general, nos dimos cuenta que la ruta era demasiado larga y poco el tiempo programado, hasta pensamos en algún escape pero era demasiado tarde. La tensión subió más cuando vimos que la comida no nos alcanzaría a Jonathan, Víctor y a mí, ¿qué haríamos? Resolvimos racionar la porción de alimentos. Nosotros, al contrario que los alemanes, habíamos preferido cargar menos comida. Jueves 29 de marzo... el miedo En el quinto día, con sólo dos rappeles y algunas pozas grandes y cristalinas, empezamos a movernos rápida y confiadamente, sin embargo esta confianza no duró mucho. Alrededor del mediodía, Bernhard saltó en una poza con cascada y no se fijó que cerca de la superficie había una piedra, al caer en ella se lastimó el tobillo. Primero pensamos que no era para preocuparnos, pero 200 m más adelante paramos la caminata porque ya no podía mover el pie. Montamos el campamento, juntamos algunas varas que quemamos, y sirvieron para reunirnos alrededor y contemplarnos; nos sumergimos en los pensamientos con preguntas como: “¿Qué haremos si no puede mover el pie?” Uno ya más tenso se dijo: “¿Iremos a salir con vida de aquí? ¡no!, ¡vamos a morir!” Se revelaban nuestros miedos sin decir palabra. Ante esta situación pensamos que lo más conveniente, en caso de que Bernhard ya no pudiera seguir, era juntarle una buena ración de comida entre todos, lo dejaríamos con todo el material y saldríamos del cañón por el cauce del río rápidamente a pedir ayuda (rápidamente implicaba 2 o 3 días más para alcanzar la salida río abajo y otros 3 días de regreso por la parte superior y bajando una vez más por el cauce hasta llegar por él), debido a la inaccesibilidad del lugar un rescate aéreo ¡era imposible! Estábamos lejos de cualquier lugar civilizado y cansados de comer poco. Viernes 30 de marzo... el hambre Para el sexto día, tres de nosotros ya habían bajado de peso. Disminuir la ración de alimentos nos había dado un margen de un día de subsistencia, pero las jornadas eran tan duras que ni dos raciones de cena podían haber saciado a nuestro fiel acompañante: el hambre. Para fortuna de todos, las medicinas suministradas al tobillo hicieron efecto, restableciéndolo asombrosamente. Aunque por la mañana caminamos despacio, más tarde apretamos el paso, por un lado gracias a esta mejoría de la lesión y por otro a que ya no hubo más rappeles; cabe destacar que una de las nadadas más largas fue ese día con una longitud de 300 metros aproximadamente. Todo parecía indicar que ya estábamos en la parte plana de la exploración, el mapa nos decía que no habría más rappeles, con esta conclusión decidimos dejar, con cierto dolor, equipo que no usaríamos: cuerdas, equipo de armado y otras cosas. El afán de comer algo empezaba a hacerse presente, incrementó la imaginación de algunos de nosotros, “que te parece si para comernos esos guajolotitos salvajes, me ayudas a hacer una resortera”, dije yo, siendo el vegetariano del grupo, “yo creo que tenemos más posibilidades de atrapar algo si abrimos una de las casas de campaña dentro de un estanque y caminamos con ella, de manera que se metan los inocentes pececillos”, replicó Víctor, “y a mí me han dicho que las ancas de rana saben a pollo..., si hubiéramos traído un anzuelo ya habríamos pescado algo grande en una de las pozas”. Para el banquete de esa noche, sentados en la ribera del río alrededor del fuego, los alemanes ablandaron sus corazoncitos y compartieron su comida, llenando el estómago vacío de sus tres compañeros. Sábado 31 de marzo... mosquitos En la séptima jornada de exploración vimos dos halcones cola blanca. Estas aves son típicas de la región pero desgraciadamente su belleza las convierte en presa de la codicia humana, poniéndolas en peligro de extinción. Detrás de largos nados y de un duro andar entre bellísimos paisajes, alcanzamos la unión de las aguas del Cañón del Infierno con las del río Purificación. Tras siete largos días salimos del cañón, ultimando la fase de los 60 km y ya sólo teníamos que llegar a la localidad más próxima. En la última noche, no obstante gozando ya de un calor más agradable, las infernales hordas de mosquitos, que nunca habían probado la sangre humana, arruinaron la noche estrellada junto a la fogata. Domingo 1° de abril... 25 kilómetros: la felicidad Desayunando la última ración de comida, la única opción era “salir”; recorrimos el río Purificación. Por la mañana nadamos y caminamos, pero para el mediodía el agua estaba una vez más bajo piedras y el calor había subido a 28°C a la sombra, lo que hizo de este último tramo de 25 km algo candente, de alguna manera fue como purificarnos un domingo de abril. Con la boca seca, los pies gastados, la piel asoleada y los hombros bien molidos, tocamos un pueblo cuyo ambiente era tan maravilloso y sereno que nos hizo sentir como en la gloria: era el pueblo de “Los Ángeles”. Ahí la amabilidad de la gente del norte no se hizo esperar, don Camilo y su esposa nos brindaron su casa pudiendo saciar el hambre. Nos contó que por esos rumbos de donde veníamos, la gente no se aventuraba, y si lo hacía, no salía sin un arma por la presencia de algún tigre, “¡esos no dejan ni los huesos!”, nos dijo. Al finalizar en ocho días el extraordinario y fantástico Cañón del Infierno, con casi 80 kilómetros de travesía, de los cuales 6 o 7 km fueron a nado, nos dimos cuenta de lo afortunados que habíamos sido ya que finalmente nos alcanzó la comida, aunque apretadamente; Bernhard pudo salir por su propio pie a pesar de su tobillo lastimado, y nunca haber sido mordido por alguna víbora de cascabel ya que vimos una o dos por día. Nos invadió una rara emoción: por un lado nos sentíamos raros al estar rodeados de gente, de poder sentarse en una silla y no en el piso o en una piedra como en días anteriores, y por otro la satisfacción que teníamos por haber conseguido nuestro propósito: sobrevivir. Y aunque no hallamos cuevas por las que valiera la pena regresar, la expedición al Cañón del Infierno había valido la pena por sí misma, descubrimos el porqué del nombre del cañón y nos quedó bien claro que la necesidad de seguir encontrando lugares inexplorados es indispensable.
Acerca del Cañón del Infierno... ¿Por qué ir en temporada de secas? Ir en la época más seca del año es lo mejor, viajar a un cañón de estas dimensiones en tiempo de lluvias sería prácticamente un suicidio; por ejemplo, aunque llueva lejos del cañón, las barrancas y cauces que desembocan al río, en algún momento van a provocar una crecida de agua y, como todos los campamentos son prácticamente sobre cauce, uno sería arrastrado por la corriente. La desventaja es que las víboras están tomando el sol en las piedras. Hay que tomar en cuenta que en la parte alta es bosque de pinos y hace frío, mientras que en la parte baja hace un calor fuerte, por lo que hay que llevar ropa de abrigo y ligera. ¿Cuántas personas? Es esencial ir en grupo compacto, 5 o 6 personas es lo ideal para hacer una progresión rápida, más personas harían la marcha lenta y se requeriría más tiempo para el recorrido, habiendo más posibilidades de contratiempo. Por otro lado, un grupo pequeño, en caso de algún percance, no se daría abasto para una evacuación. ¿Qué técnicas se necesitan para recorrer un cañón tan largo? Saber nadar perfectamente es básico, conocimiento del trabajo en cuerdas dobles, ascenso, descenso y recuperación, colocación de anclajes, saber caminar eficientemente, conocer técnicas de supervivencia básica, orientación y lectura de mapas, primeros auxilios, conocimiento de cómo tener y hacer una mochila confortable, impermeable 100% y práctica, excelente condición física, mucho control mental y suficiente experiencia en campo. ¿Qué equipo se requiere para hacer cañadismo? Con un buen calzado confortable y muy resistente, neopreno completo de 3 mm, calcetas de neopreno, casco, arnés, descensor, una mochila de PVC cómoda que se ajuste a la cintura, dos bolsas estancas de 30 litros o dos botes de plástico de igual volumen que cierren perfectamente. En esta mochila llevarás un cambio de ropa, comida deshidratada, una estufita de gas o gasolina, un plato-olla, botiquín de primeros auxilios, navaja, lamparita, bolsa de dormir, colchoneta, mapa de la zona, brújula, cerillos. En el caso de este cañón, no sabíamos cuál sería el rappel más largo, por lo que decidimos llevar una cuerda estática de 9 mm de grosor con 80 m de largo y un cordino de 6 mm de grosor de igual longitud, este último era para recuperar la cuerda estática y seguir haciendo los rappeles. El rappel más largo fue de tan sólo 18 metros con caída a poza. |
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