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![]() El Gigante En noviembre pasado un grupo de escaladores alemanes lograron la primera escalada en libre del acantilado más grande de México, denominando a su expedición "La conjura de los necios". Cuando abordábamos el avión rumbo a México, a principios de noviembre, teníamos un único deseo: que este viaje no se convirtiera en otro épico. Los recuerdos de la expedición a la Isla Baffin eran muy recientes; allá en el lejano norte canadiense, cuando finalmente bajamos de nuestros kayaks después de cuatro tormentosas horas luchando contra osos polares, frío, grandes olas y aislamiento deprimente, una cosa nos quedaba clara: nuestra siguiente expedición se realizaría en un lugar más cálido. Además, teníamos claras varias ideas esta vez: nada de animales salvajes, el acercamiento no sería por bote y, definitivamente, éste sería mucho más corto. El clima debería ser cálido pero no mucho. La ruta debería ser suficientemente grande, empinada, desconocida y, la roca, de alta calidad. Más importante aún, la distancia para el siguiente obstáculo debería ser significativamente menor a unos cientos de km. Con tantos sueños y metas en nuestras cabezas, necesitaríamos muchas vidas de alpinistas para poder concretarlos todos. De cualquier manera, uno que reúna todos estos estándares puede permanecer como un sueño eterno. Los últimos viajes nos han llevado a áreas frías y desoladas como Greenland, en la península Antártica, y a la mencionada Isla Baffin. México iba a ser nuestro primer intento en climas cálidos. La escasa información que teníamos de nuestra meta, nos llevó a creer que por lo menos algunos de nuestros criterios tendrían la oportunidad de cumplirse. ![]() La meta fue “El Gigante”: el acantilado más alto de México, con una saliente de 1,000 metros, el cual fue descubierto por espeleólogos en el Cañón de Candamena entre 1994 y 1997. Carlos García, alpinista mexicano, puso las únicas dos rutas de soporte en la pared. La montaña es virtualmente desconocida, aun para los alpinistas locales. Las fotos que vimos del Gigante no fueron particularmente buenas, no te decían nada acerca de la calidad de la roca. Pero la montaña era definitivamente impresionante. De acuerdo con las descripciones de García, el pueblo de Basaseachic estaba por lo menos a dos días en caminata desde el campamento base. En el pasado, todos nuestros amigos tan sólo giraban la cabeza cada vez que anunciábamos otra de nuestras “famosas” excursiones. Ninguno de ellos podía entender cómo algún ser humano podía voluntariamente exponerse a tal castigo. Para sorpresa nuestra, este plan fue recibido con gran entu-siasmo y difícilmente pudimos evitar la participación de todos los eufóricos candidatos. Finalmente, ¿se trataba de una aventura que cualquier persona cuerda hubiera imaginado capaz de realizar? Convencidos por todo el apoyo moral, creímos que “El Gigante” sería nuestro primer viaje de alpinismo normal. Pero un rápido vistazo a nuestro equipo mostró lo contrario. Excepto por el equipo de escalada en hielo y de nuestros kayaks, todo estaba empacado. Porta cornisas para las noches en el frente, raciones secas suficientes para dos semanas, bastante Red Bull para mantenernos conectados por un mes, taladros con 12 baterías de repuesto, toneladas de herramienta, trajes Gore-tex y bivy bags, cuatro cuerdas y 550 metros de cuerda y bolsas de dormir Jack Wolfskin, previamente utilizadas y probadas en el Antártico. Con todo esto hubiésemos podido enfrentar la base de cualquier pared del mundo. Era de noche cuando nuestro equipo de siete hombres llegó a Basaseachic. Hasta el momento, el viaje había progresado con sospechosa cordura. No nos intimidaron las heladas temperaturas de la noche ni nos hicieron dudar; la única cosa realmente lamentable fue que en Basaseachic no hay cerveza. Sin embargo, galantemente nos apegamos a nuestra meta, estableciendo el campamento base en el rancho “San Lorenzo”. El Gigante está tan sólo a unas cuantos kilómetros de ahí. La escasez de pinos en el bosque se volvía cada vez más lejana en el horizonte. Desde aquí no había ningún rastro del Cañón de Candamena. Los aislados acantilados se adentraban en las bajas colinas sin dar muestras de la naturaleza salvaje del cañón que estaba cerca. Pero después de una caminata de media hora nos detuvimos en seco: delante de nosotros, como un anfiteatro, se encontraba la entrada al cañón. La brisa generada por las cataratas de Basaseachic se sumergía en las profundidades sobresalientes de los acantilados formando un pequeño lago de color verde oscuro. Una sutil bruma había cubierto los gigantescos bloques de la orilla con una capa resplandeciente. ![]() Ráfagas de viento permitían a la cascada moverse como una cortina gigante, cubriendo las paredes con enormes arco iris. Un pequeño arroyo se cuela fuera del lago alrededor de los bloques para empezar su larga jornada por el cañón. Enormes cedros se levantan majestuosamente desde el piso del cañón. Ambos lados del cañón están formados por acantilados empinados, más allá de la vertical. A la entrada de la enorme grieta hay gran cantidad de rutas, las paredes continuas están listas para agarrarse. Lo único que faltaba era un letrero que dijera: “Bienvenidos al paraíso de los escaladores”. Al día siguiente, Kurt y yo partimos al otro lado del cañón para tener una mejor apreciación del Gigante. Después de un recorrido lleno de baches, nos sentamos al borde del cañón. En el otro lado, el Gigante se erguía frente a nosotros como un amenazante guardián del cañón. Su cima se asomaba por la orilla de la grieta, su cara vertical se sumergía en las sombras obscuras del fondo del cañón. Por un buen rato nos sentamos a mirarlo detenidamente con nuestros binoculares, abrumados por la vista. Pero El Gigante había cubierto su cuerpo en un velo de misticismo, evidentemente muy tímido para revelar su majestuoso físico. Al final del día, no sabíamos más que antes pero estábamos ligeramente más preocupados. Nos dimos cuenta que la montaña hacía honor a su nombre y que la distancia hacia el campamento no era tan corta como supusimos. En el fondo de nuestros corazones, sabíamos que esta excursión estaría en línea con las épicas de las que tanto queríamos apartarnos. Nuestras preocupaciones crecieron. A la mañana siguiente, Kurt, Hans Martín y Mariucz se pusieron en marcha cañón abajo hacia la base del Gigante equipados con su bivy gear y una videocámara. La tarde siguiente regresaron con noticias buenas, pero con una que no lo era tanto. Hans Martín dijo: “la buena noticia es que el acercamiento es más corto de lo que esperábamos. La mala noticia es... [hizo una pausa] mejor véanlo con sus propios ojos”. Puso la videocámara en la mesa y miramos detenidamente el monitor. En la antesala pudimos ver un matorral de arbustos. Lentamente la cámara giro hacia delante y el matorral fue reemplazado por jungla. Extraños cactus y árboles de palma sobresalían ante nuestros ojos. Las lianas se enrollaban en ellos como víboras. “Plantas terroríficas”, comentó Holger y añadió: ¿dónde está El Gigante? La cámara giro hacia arriba y Kurt asintió con sequedad: “Ese es El Gigante”. Mientras la cámara paneaba hacia arriba, finalmente pudimos enfocar la piedra: 213 metros de tierra firme. “Súper, tu puedes traer algo de eso a mi jardín”, dijo Gunda riéndose. Ciertamente, se necesitaba de la presencia de una mujer para encontrarle el lado positivo a una situación como esta. El resto de la tripulación se quedó muda. Simplemente no podía ser verdad: después de osos polares, grandes olas, rápidos, frío, mareos, ahora, de repente, una jungla vertical. Habíamos alcanzado el punto crítico del viaje, cuando empezó a sentirse el clásico momentum que bien conocíamos y temíamos. Podíamos hacer lo que quisiéramos, nuestro destino había decidido enviarnos hasta esta fase. Toda la tarde peleamos contra el destino. Primero optamos por una salida fácil, la cual hubiera sido una pequeña escalada a la entrada del cañón. Finalmente, a la mañana siguiente, la discusión terminó con una votación. El casco de Kurt sería la urna; todo mundo escribiría SÍ o NO en un pedazo de papel. Los primeros tres papelitos decían NO, los siguientes SÍ. El último pedazo sería el definitivo: “Y el ganador es... (alientos contenidos) ¡El Gigante!” Los NO pelearon por compostura y los SÍ rápidamente pusieron caras de inocencia. Ese voto selló nuestro destino. No sería una escalada relajada, flotando hacia arriba inmaculadamente, por la piedra solar. Y es posible que la locura no hubiera alcanzado su máximo esplendor aún. Para ahorrar tiempo y exceso de cargamento, Kurt propuso que no arrastráramos todo el equipo a través del cañón, que en lugar de esto tomáramos el trayecto de mínima resistencia. A unos cuantos cientos de metros —a vuelo de pájaro— del Gigante estaba “Piedra volada”, la cascada más grande de México con 488 metros de caída, y desde el fondo, un pequeño cañón que llevaba al lugar donde haríamos nuestro pequeño campamento, justo a los pies del Gigante. De aquí en adelante, literalmente, todo fue colina abajo. Armados con machetes y hachas, arrastramos al borde grandes sacos con equipo. Ocurrió lo de costumbre; las delgadas correas de las bolsas, no aptas para la transportación horizontal y estrecha, cortaban nuestros hombros. Hacía calor. El sol quemaba desde el cielo y estábamos empapados en sudor. La sugerencia de Kurt de “rapelear” los 488 metros de cascada después de bajar las bolsas en un gran montón había sonado excitante allá en el rancho. Cuando me incliné sobre la orilla cuidadosamente me di cuenta que esto podía resultar serio: era como echar un vistazo en el infierno. Tan sólo a unos cuantos pies por debajo del frente sobresalía una curva. El fondo del cañón era invisible, escondido en el misticismo. Las aguas termales humectaron mi piel con el spray que se generaba de la cascada, al tiempo que mi boca y garganta se tornaban más y más secas. Atamos las cuerdas juntas, y el final de línea flotó despacio hacia el vacío. Kurt estaba colgado justamente junto a la caída, el viento echaba a volar su pelo hacia arriba. Él se veía como el mismo diablo a la entrada de sus terrenos. Ya estaba oscuro cuando Mariucz, el equipaje, Holger y Klaus y yo mismo, habíamos llegado al piso del cañón. Cada “rapeleo” había tomado menos de una hora. Después de unos cuantos pies quedabas suspendido en el aire. El total de las cuerdas pesaba alrededor de 60 kilos. Al principio tuvimos que arrastrarnos hacia abajo con ambas manos. Después de unos cuantos pies la cuerda empezó a correr más fácil a través de la figura del ocho. Tuvimos que cambiar cuerdas tres veces en nuestros jumars.1 Cayó la noche y Kurt seguía esperando al borde; sin linterna, le pareció peligroso “rapelear” hacia abajo en la oscuridad. Hans Martín y Gunda habían emprendido el regreso hacia el rancho; querían tirar la cuerda y regresar al campamento base, a la mañana siguiente irían por una ruta más convencional. Al siguiente día, antes de que Kurt empezara a rapelear, él le escribió una carta a Hans Martín y la dejó en el belay:2 “Querido Hans Martín, son las 7:00 a.m., y estoy empezando a bajar. Por favor no me cortes. Saludos, Kurt”. Es imposible ver a alguien en las sombras a más de miles de pies debajo de ti. El nudo en el árbol estaba tan apretado que se suponía que Hans Martín simplemente tenía que cortar la cuerda con un cuchillo. El llegó al belay una hora después, leyó la nota. Simplemente no supo qué hacer; dudó en jalar la cuerda. Esta no se movió. Totalmente enojado, esperó otra media hora y después cortó la cuerda... Kurt había tocado el fondo bastante tiempo antes. Cuando Hans Martín no escuchó ningún grito desde el cañón empezó a sentirse mejor. Llegamos al campamento temprano por la tarde. El pequeño hilito de agua a la entrada del cañón se había convertido en un río. Junto al campamento, un pequeño lago de agua verde estaba rodeado de enormes piedras brillantes. Árboles majestuosos esparcían sus ramas sobre el campamento, como si quisieran privarnos de la vista del Gigante. El acantilado surgía imponente por arriba de la estrecha entrada al cañón como un monstruoso baluarte. Empuñando los machetes Klaus y yo limpiamos a nuestro paso para empezar a escalar. En vez de la vegetación tradicional, Dios envío la más rara selección de plantas: pasto, musgo, arbustos completos y exóticos árboles de palma volaban más allá del belay y había una constante llovizna de suciedad que casi tenía la calidad de ventisca. No es que hubiésemos podido columpiarnos placenteramente de rama en rama hasta la pared. Por el contrario, la escalada fue difícil desde el principio con muchas secciones de 5.11 y 5.12. Excepto que aquí, el líder primero tenía que desenterrar los soportes mientras que la suciedad caía directamente en su cara y dentro de su ropa. Después de unos cuantos descansos se veía como un minero. La recompensa a su progreso fue que él se pudo mover unas cuantas pulgadas y continuar limpiando. En el segundo día, Holger, quien había estado haciendo jardinería por dos horas, bajó con Klaus y conmigo: “Oigan chicos, en serio, ¡estamos totalmente locos al estar colgados alrededor de esta pila de basura!”; tenía razón. Me había estado preguntando todo el tiempo qué era peor: navegar por el pasaje tormentoso de Drake o escalar estos jardines colgantes. Una mirada hacia arriba no parecía prometer ninguna mejora. Klaus, quien se encontraba un poco más adelante por primera vez, notó que Holger y yo empezábamos a tener dudas. “Están tan malcriados que se darán por vencidos tan pronto el camino se ponga un poco duro”, gritó indignado. Esa sí dolió, “muy bien, si tú insistes”, dijo Holger, y jaló la cuerda y continuó limpiando. Nos dirigíamos directo a la siguiente épica, más bien, ya nos encontrábamos en medio de ella. Después de que cada nivel estuvo limpio y protegido, lo liberamos. Créanlo o no, fueron los niveles más difíciles los que nos permitieron una buena escalada. Los días eran extremadamente cortos; obscurecía a las seis de la tarde. Nunca pudimos hacer más de tres niveles por día. Hasta que llegamos a la mitad de la pared, rapeleábamos hasta el campamento cada tarde y dejábamos las cuerdas listas en la ruta. Cada día, otro equipo, con dificultades, adelantaba un poco más. No fue sino hasta una buena semana de arduo trabajo, que se completó la mitad del trayecto. Esto no podía seguir así. Algo tenía que suceder. A la mañana siguiente Holger, Kurt, Klaus y yo subimos por las cuerdas con suficiente equipo, comida y agua para tres días. Mientras tratábamos de escapar hacia abajo, Mariucz, Gunda y Hans Martín tomaron las cuerdas y empacaron el equipo en varios viajes. Mientras más alto, la escalada se ponía peor. Después de la complicada jardinería, la roca se tornaba peligrosamente flexible. Kurt estaba guiándose por una grieta cuando se apoyó contra un pilar del tamaño de una cabina telefónica, de aproximadamente 2 m, la cual se movió de repente. Instintivamente él se columpió hacia el otro lado y, gracias a Dios, un bloque del tamaño de una almohada pasó zumbando por delante de Klaus, Holger y yo mientras nos encontrábamos en el colgante belay. Falto poco para que todos —inevitablemente— hubiéramos empezado nuestro viaje hacia abajo. ![]() Estábamos envueltos en una guerra de nervios. La noche caía rápidamente mientras cruzá-bamos alrededor de un pilar inclinado del tamaño de una torre de iglesia en prácticamente un jardín vertical. Kurt gateó hacia atrás de los árboles de palma que tenían el tamaño de un hombre, los cuales salían de la pared como chimeneas. Sus hojas, puntia-gudas como cuchillos, cortaban nuestras manos y brazos. Instalamos un puente formado con cuerdas de la torre al jardín y arrastramos nuestros paquetes y bolsas a través del punto del bivy.3 Holger se aseguró detrás de un arbusto de palma, Klaus se apiñó en un inclinado estante formado de pasto, Kurt y yo nos aseguramos entre un árbol y el frente de la roca. Era una situación que probablemente hubiera sido el sueño de cualquier botánico. Para nosotros, era una verdadera pesadilla. En ese momento, la única meta era salir de esta etapa lo más rápido posible. Holger trepó al siguiente nivel, totalmente terminado desde el bivy. La roca flexible se desmoronó debajo de sus pies. Cinco niveles abajo de la cima, llegamos a la ruta de Carlos García y la seguimos por la única línea lógica a través de la pared principal. Cuando alcanzamos la cima, justo antes de que oscureciera, El Gigante tuvo su primera escalada libre y la locura un nombre: “La conjura de los necios”. Después de un último bivy, arrastrábamos de vuelta las cargas a través de la jungla. Las manos de Kurt se encontraron repetidamente espinadas por apoyarse en los cactus y el sol lentamente resecó nuestros cuerpos. Para ese entonces, el sudor escurría por nuestras sucias caras, tuvimos que admitir que, de alguna manera, no estábamos hechos para unas tranquilas vacaciones en la Riviera Italiana. “Oigan —alguien decía atrás de mí—, ¿qué les parece la Patagonia el siguiente año?” Stefan Glowacz, nacido en Alemania en 1965, es uno de los protagonistas de la escalada libre en pared a nivel mundial, junto a los Huber, Kammerlander, Hill, etc. Glowacz ha paseado su pasión por las grandes paredes en libre alrededor de todo el mundo. Y como resultado de ello, ha quedado una excelente colección de aperturas —Inescalables de Canadá 1995 (7b/5.12b), Tupilak, Groen-landia 1997 (7b/5.12b), Renard Towers, Antártida 1999 (7b/5.12b), Odyssea 2000, Polar Bear Spire, Baffin (7c+/5.13a )—, engrosada ahora con esta Conjura de los necios al Gigante mexicano con 22 largos de escalada libre con dificultades de VII y VIII UIAA (6b/5.10d) y una tirada de IX+ (para muchos 8a / 5.13b). Stefan, además, ha completado la mítica trilogía de la dificultad extrema en pared: 'Silbergeier' (8b+/5.14a), 'Des Kaisers neue Kleider' (8b+/5.14a) abierta por el mismo, y 'The end of silence' (8c / 5.14b). Nota. Los grados están colocados en grados europeo/americano que van de 50/5.9 hasta 9b/15a en lo más complicado. Escalando El Gigante. Si no estás muy familiarizado, te diremos que la escalada en roca consiste en ascender sobre formaciones rocosas valiéndose del uso de herramientas especializadas o de las manos y los pies como puntos de apoyo. Esta especialidad tiene varias subdivisiones entre las cuales se encuentra la Escalada en Gran Pared que se realiza en paredes de gran tamaño, como El GIgante, donde se requiere de varios días para lograr su cumbre y se vale de todos los estilos de escalada. El Gigante ya tenía 2 rutas previas a la escalada del equipo de Glowacz, realizadas por el mexicano Carlos García Ayala y la española Cecilia Buil con una combinación de estilo libre (utilizando sólo el cuerpo para subir y empleando anclajes fijos o remobibles sólo para seguridad) y estilo artificial (empleando anclajes fijos o remobibles para seguridad y como punto de progresión). La escalada realizada por los alemanes fue el primer ascenso totalmente en estilo libre del Gigante y se realizó en diez días. Más básicos de escalada en: www.expedicion.com.mx/html/flaizmente.htm 1 Equipo utilizado como ascensor cuando la cuerda está fija. A la acción se le conoce como “jumarear”. 2 Tipo de Instalación, reunión o anclaje fijo que en ocasiones se usa para realizar un tipo de descenso o izar equipo. Son puntos seguros. 3 O “bivaquear”, manera de designar a un pequeño campamento ya sea áereo, en gran pared o en roca natural. |
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