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Número 9


  
          



LOS HUICHOLES
Los Huicholes: Un pueblo antiguo que conserva su memoria

Cuando colgué el auricular sentí una emoción difícil de contener; era mi amigo Luis Lombardo quien me había hablado para hacerme una invitación que fue una agradable sorpresa: estaba incluido en un grupo de personas que había sido invitado por el maestro nayarita Carlos Rodríguez para hacer un viaje a Wirikuta, con los huicholes de las comunidades de Salvador Allende y Roseta, que visitarían la zona sagrada de su pueblo para “cazar” el peyote o jicuiri, como ellos lo llaman, y de esa manera cumplir con una de sus fiestas más importantes y a la cual son muy reticentes en invitar extraños. Además, me dijeron que no había ningún problema para que llevara mis cámaras y fotografiara todo lo que quisiera.

Y ¿quiénes son los huicholes?
Los huicholes conforman uno de los más de 50 pueblos indígenas que viven actualmente en el territorio nacional. En cuanto a su origen, se sabe que son descendientes de uno de los troncos de la familia náhuatl y, por entrevistas que se les han hecho a los más ancianos de esta etnia, sabemos que ellos mismos ubican sus orígenes en los poblados de Santa Catarina, San Sebastián y San Andrés Coamiata, en el estado de Jalisco, aunque es muy probable que, tal y como sucedía con otros grupos indígenas de la zona, en sus principios los grupos huicholes fueran seminómadas que se movían en un área que abarcaba desde las costas del Pacífico hasta varias regiones del Altiplano.
En este enorme territorio, los huicholes han establecido una “ruta religiosa” con varios lugares sagrados en los que rinden culto a sus muchas deidades; los más importantes en la actualidad son: Piedra Blanca, en San Blas, en donde adoran a Tatei Aramara, divinidad ligada por ellos al agua y al amor, ya que allí es donde acuden las parejas de jóvenes para unirse en matrimonio; la Cumbre de Picachos, lugar donde vive Quieri Teigüillare, árbol que tiene la facultad de convertirse en humano y que forma parte de la familia del toloache que da sabiduría y poderes a quien lo venera; las Cuevas de Teacata en el corazón de la Sierra Madre; Tatei Matinieri, donde se encuentra el agua sagrada que purifica lo profano, y por último Wirikuta, zona sagrada del peyote que abarca varios municipios en San Luis Potosí.
Wirikuta es pues el lugar donde crece el peyote y donde viven sus dioses más importantes. Es la zona en donde ellos hacen realidad la posibilidad de acercarse a sus divinidades y recibir sus enseñanzas de manera directa para adquirir poderes y llegar a ser marakames. Los marakames son los guías espiri-tuales de la comunidad y los únicos autorizados para dirigir los festejos religiosos. Son también los encargados de conservar las tradiciones y la memoria viva de su historia mítica, y la máxima aspiración de un huichol que está orgulloso de sus costumbres es llegar a marakame. Sin embargo, para que un huichol sea marakame, entre los muchos requisitos que necesita llenar está el de ir un mínimo de cinco veces durante su vida a Wirikuta y tener contacto con el peyote que, debido a sus cualidades alu-cinógenas, es un vehículo ideal para acercarse al conocimiento y es considerado por ellos como el corazón del venado azul, Tamatscallaumari, su hermano mayor, y es por esa razón que se lo caza para obtener de él la sangre que servirá de alimento a la madre tierra (Tatei Lluri Enaca), de la cual nace el maíz, base de su alimen-tación. De esta forma se establece una trilogía venado-peyote-maíz que es el fundamento de todas sus concepciones religiosas.

El viaje
Luego de una corta espera en Tepic, llegó Carlos Rodríguez con los huicholes que en esta ocasión harían el viaje con nosotros. Después de las presentaciones en las que conocimos a Pancho, huichol de Roseta y que sería el guía de la cacería, subimos a un camión prestado por el estado de Nayarit y nos dirigimos a nuestra primera parada: Tatei Matinieri, el manantial sagrado ubicado en el municipio de Salinas. Fueron casi 10 horas las que nos tomó llegar y una vez allí dejamos el camión y alquilamos un microbús que, tras recorrer unos 30 kilómetros de terracería, nos dejó, ya entrada la noche, en el manantial.


Lo primero que hicieron llegando a Tatei Matinieri fue prender una fogata alrededor de la cual nos colocaron a todos y nos dieron un pedazo de cuerda. Una vez que todo estuvo listo y a indicación de Pancho, todos tuvimos que pasar al frente y, ellos en voz alta y nosotros en silencio, hicimos un recuento de nuestros pecados y un nudo en la cuerda por cada uno de ellos. Cuando todo estaba dicho había que tirar la cuerda al fuego para que de esa manera nuestros pecados se quemaran y pudiéramos seguir el viaje a la zona sagrada ya limpios. Cuando concluimos, nos fuimos a dormir rendidos y hambrientos, ya que es obligatorio ayunar.
A la mañana siguiente, apenas salido el sol y guiados por Pancho, fuimos hasta el manantial al cual alimentaron y agradecieron. Una vez terminada la ceremonia regresamos a Salinas.
Nuestra siguiente parada fue la Estación Catorce, en donde volvimos a dejar el camión y alquilamos dos viejas Willis que nos llevarían hasta la zona en donde Pancho había decidido que cazaríamos.

La cacería
De pronto, en medio de una enorme extensión desértica, Pancho dio la orden de detenernos; todos bajamos el equipaje y las camionetas regresaron, dejándonos en medio de la nada. Inmediatamente montamos el campamento mientras ellos buscaron leña e hicieron una fogata. Cuando Tatewarí (el fuego) ardió, comenzaron a dar vueltas alrededor de él entonando varios cantos. Acto seguido, Pancho cargó sus objetos rituales y nos hizo seguirlo en fila. De repente, como si una voz le hubiera hablado, sacó sus flechas rituales y con ellas saludó a los puntos cardinales y al centro, con lo que pareció delimitar un área. Luego de ello, señaló en una dirección determinada y partió hacia ella.
No pasaron más que unos minutos y de pronto hubo un gran alborozo: habían encontrado al venado y la cacería había sido exitosa. Rápidamente se juntaron alrededor de la familia de peyotes y con gran alegría lo saludaron y empezaron a colocar muvieris (bastones de poder), “ojos de dios”, velas y sangre de venado, mientras Pancho rezaba y se arrodillaba para quitar los cactus espinosos que rodeaban al peyote para empezar a extraerlo. Conforme sacaba las cabezas con su cuchillo las partía y hacía que uno por uno nos arrodilláramos para recibir una ración que debíamos ingerir. Cuando todos hubimos comido, se nos dijo que saliéramos solos a buscar más. Comencé a caminar por el desierto y después de más o menos hora y media pude encontrar alrededor de nueve cabezas que guardé en mi chaleco y, como ya estaba anocheciendo y estaba lejos del campamento, emprendí el regreso.



Fue una noche deliciosa; sacaron sus instrumentos y cantaron y bailaron alrededor del fuego. Después, ya en la madrugada, sólo quedamos unos cuantos y Pancho comenzó a contar historias. El sólo verlo allí, de pie junto al fuego, hablándole a su gente y moviéndose como un actor consumado fue para mí una lección de la sabiduría de este pueblo y de su profundo contacto con la naturaleza que todavía no asimilo del todo.
De regreso en el camión tuve suficiente tiempo para pensar en lo que había pasado y me di cuenta de que los huicholes son un pueblo alegre, con una religión llena de color y de alegría en la que no existe la solemnidad falsa a la que estamos acostumbrados.
Como dijo don Carlos, otro marakame ya desaparecido, a un misionero cristiano que le reclamaba por sus costumbres y le decía que leyera la Biblia: “El papel, muchacho, es muy manso; cualquiera puede poner lo que quiera en él. No, las palabras de Dios son los árboles, los lagos, las montañas y el maíz. ¿Cómo quieres que no le hagamos su fiestecita al venado y al maíz, si ellos son las palabras con las que Dios nos habla todos los días?”