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Número 11


  
          



TRAVESIA POR LAS BAJAS

No olvidaré la sonrisa de los ensenadenses cuando, yendo por la calle, ellos esperaban en su auto hasta que uno cruzara completamente, y sin conocerlo saludan como si fueran años de amistad. Recordaré también que —en plena ciudad— en muchas casas los vecinos van a sus trabajos y al volver todo sigue como lo dejaron, pues ellos no ponen llave a sus puertas; ni tampoco olvidaré a sus hermosas mujeres que son como espigas de trigo, exquisitas como el vino y tajantes como el aire frío del Vizcaíno; y no se trata de otro país, sino de México: un pedacito de Baja California Norte. Esto era tan sólo una parte de lo que nos esperaba, pues la aventura aún no comenzaba ya que faltaban más de 200 km para entrar al fascinante mundo de la Sierra de San Pedro Mártir, en sus majestuosas montañas de granito y desierto.

Desde que partimos el 18 de diciembre de 2003, Edgar, amigo geólogo de la UNAM, Fernando, herrero industrial del Valle del Mezquital, y yo tuvimos la idea de recorrer en bicicleta tres zonas de las “bajacalifornias”: la Sierra de San Pedro Mártir, las Reservas de la Biosfera Desierto del Vizcaíno y Sierra de la Laguna. Nos preparamos durante meses para lograr esta empresa: recorrer sobre dos ruedas este pedacito del llamado “otro México”.

Sierra de San Pedro Mártir
Atrás quedaron los viñedos, el mar y la fresca ciudad de Ensenada, todo pintaba una tarde de sol; rumbo a La Paz, en un camión, a mi lado venía Aarón, que regresaba de Estados Unidos, Poncho Aurelio, profesor de primaria en Tijuana, y doña Eva: todos nos dirigíamos al pueblo de Gustavo Díaz Ordaz. Al charlar acerca de mi destino y sobre la bici en la Sierra San Pedro Mártir, muy a tiempo me dijeron: “… es un pueblo antes; ahora que lo sabes bajen ahí, si no tendrán que recorrer más de 20 km para entroncar con la entrada de la Sierra…” Fue un gran alivio saberlo. Poco después bajamos en el pueblito Díaz Ordaz sobre la carretera Transpeninsular. En ese momento no sabíamos que nos encontrábamos a menos de 100 MSNM y que al tocar el suelo el aire invernal de la Baja tendría ese toque especial que obliga a ponerse chamarra y gorro. En el pueblo reinaba la oscuridad, cuando nos dimos cuenta estábamos enfrente de una solitaria farmacia, con todo nuestro equipo regado, listos para pedalear de noche: la idea era llegar al pueblito de Ex Hacienda Sinaloa (a 25 km).
Fer comenzó a armar las bicis, mientras los demás reorganizábamos el equipo; antes de terminar el armado, entraron a a la farmacia unos hombres para utilizar la caseta telefónica y, al cabo de unos minutos, al regresar a su tractocamión, de pronto se volvieron hacia nosotros para decirnos: “… No compas, ya no le den ahorita, es algo tarde, súbanse al camión…” La idea de “iniciar” nos decía que no aceptáramos, pero la amabilidad de estos constructores de carreteras nos puso adentro de la gran caja de metal del “tractomastodonte”.



El recorrido fue inolvidable: la noche más estrellada que hayamos presenciado. Nos despidieron en el pueblito de Ex Hacienda Sinaloa, localizado a 141 MSNM: el último en esa región de San Pedro Mártir. Desde ahí hasta el Observatorio de la UNAM distaban 80 km, pero eso no era todo el detalle, sino que ¡la terracería acababa en los 2,800 MSNM!
Buscamos abastecernos en la tienda del pueblo; allí conocimos al Sr. Casillas, dueño de la tienda, y su gentileza no se hizo esperar pues terminamos acampando enfrente de su negocio; cenamos riquísimo y dormimos igual. Al siguiente día comenzaría la aventura.
Con un sol radiante, la Sierra de San Pedro Mártir nos recibía con sus montes abiertos; alistamos mochilas y alforjas —nuestro equipaje en promedio era de poco más de 25 k, suficiente para albergar ropa, alimentos, equipo fotográfico y herramienta—; para todos era una experiencia nueva: para Fer, su segunda ocasión en bici de exploración, Edgar, experto en escalar montañas, estaba más que puesto, y para mí, realizar esta exploración en grupo era el mejor logro.
Aunque nuestra emoción era aún más porque estábamos pedaleando en la Sierra de San Pedro Mártir, en plena Baja California Norte, y esa mañana, viendo las bajas montañas del desierto lejanas y lejanas, simplemente no lo podíamos creer.
Empezamos a darle, Fer siempre muy adelante, fue el puntero; Edgar en el punto medio, y yo hasta atrás, pues iba fotografiando hasta una mosca. El calor no se hizo esperar, desde que arrancamos, después de las 10:00 A.M. y siendo más de mediodía, no hallábamos descanso pues la temperatura pasó los 30°C. Conforme ascendíamos, la sierra dejaba ver colores tan distintos; después de las 3 de la tarde hicimos un buen descanso, aseguramos el equipo y revisamos los mapas con la fantasiosa idea de que ese día haríamos unos 50 km de recorrido, teniendo en cuenta que en diciembre y en Baja Norte la oscuridad casi total ocurre ¡antes de las 6:00 P.M.! Poco después recordamos el consejo de Javier, el amigo de la tienda: “…mushashos, tengan cuidado, si se aplican, con bien llegan al Rancho Meling, y con suerte ahí se quedan con la Sra. Duane; con cuidado…”; no llevábamos ni siquiera 20 km y eran casi las cuatro de la tarde y para el Rancho Meling aún distaba unos 17 km. Claro que nuestro plan no era pernoctar en Meling y nuevamente le dimos al pedaleo. De pronto vimos bajar a gran velocidad, y con una nube de polvo, una Toyota 4x4, se paró en seco ante nosotros y tuvimos la oportunidad de conocer a un gran personaje que quedará en nuestra memoria: la Sra. Duane: “…Qué pues, mushashos, de ‘onde son”, a lo que respondimos, “venimos del D.F. y el estado de…” —no nos dejó terminar cuando dijo: “Qué D.F. ni qué nada, ¡son shilangos!, y ¿pa’onde van?”, —“Bueno, vamos a recorrer los próximos veintitantos kilómetros…” —y sonriendo añadió: “no mushashos, no conocen la sierra, a donde piensan llegar hoy está lejos, más en sus bicis, segurito llegan al Ransho, ahí se quedan, al Ransho Meling”. “Por quién preguntamos” —dijimos— “Pus cómo que por quién, por mí, la Sra. Duane, yo soy la propietaria; bye mushashos...” No olvidaré esta escena, pues el bajacaliforniano es seco y rudo... y hospitalario como la vastedad de las montañas.
Dicho y hecho, ya casi siendo las 7:00 P.M., rodábamos con un agradable viento fresco pegándole a frío; poco después ya teníamos guantes en las manos, estábamos a 600 MSNM, aproximadamente.
A menos de 2 km brillaba una lejana luz, era el famoso Meling; al acercarnos apreciamos muchas cabañas bien cuidadas, algunas hasta de lujo. Nos internamos en el rancho y gritamos y gritamos, pero nadie salía y el frío de 5°C hacía tortuosa la espera. Estábamos muy cansados. Al poco rato se fue acercando un hombre alto, quien más tarde fue nuestro amigo, era Pedro, esposo de la Sra. Duane, al principio se mostró algo desconfiado, y le dijimos: “Buenas noches, mire, estamos aquí por invitación de la Sra. Duane, ¿sabe usted algo?” —la incertidumbre se le veía en los ojos y con pocas palabras nos indicó una espera— “Duane, Duane, estás ahí, hey, Duane, aquí están unos mushashos en unas bicis; cambio”. —“Ah, sí, déjalos pasar, que se duerman en el ransho; cambio”.
En toda la Baja, en sus más de 1,200 km de largo, los teléfonos celulares y de línea no son indispensables, aquí las familias hasta con menos necesidades usan radios de largo alcance que pueden abarcar más de 500 km.
Pedro nos llevó a nuestras “camas”: un claro debajo de un árbol para acampar. Dormimos en uno de los lugares más visitados por gente de todo el mundo, y uno quizás de los menos conocidos en este remoto lugar de Baja California Norte.
Con un espléndido amanecer y con lomeríos color mostaza que sólo se ven en invierno, las cabañas de madera del rancho cobijan a sus huéspedes, la mayoría ensenadenses, quienes gustan de practicar los rallys en motocross, deporte de mucha estima en la región.
A punto de irnos, de repente hizo su aparición la Sra. Duane con su tono tan expresivo, su risa y la forma de decir las cosas…
—“Buenos días, Sra. Duane, gracias, ya nos vamos…”
—“Qué se van ni que nada, ahorita toman café y desayunan huevo con salshisha, yo lo voy hacer, ora siéntense”.



No podía despreciarse la hospitalidad; admiramos la cocina, inmenso mueble de hierro con varias hornillas, que había sido usada en la Segunda Guerra Mundial. La Sra. Duane nos relató que este rancho tiene más de 100 años y fue fundado por los padres de sus padres.
El Meling es un lugar visitado por gente de los cinco continentes, así lo constata la bitácora de visitantes, a la cual, desde luego, añadimos nuestra firma.
A punto de irnos, la Sra. Duane nos aconsejó: “Con cuidado mushashos, todo por acá es tranquilo, no se salgan del camino, quizás en dos o tres días ya nieve, si ven la tormenta se regresan para acá, si no ahí se quedan con la nieve hasta el cuello, que les vaya bien”. Para los bajacalifornianos montañeses el clima es cosa de respeto y la nieve con sobrada razón, pues las nevadas duran meses: si un bajacaliforniano de San Pedro Mártir se queda en las montañas lleva comida y agua para ¡más de tres meses!
Nos fuimos muy contentos, ahora el plan era llegar arriba de los 2,000 MSNM, y esta vez sí estuvimos muy cerca, pues cada hora de pedaleo significaba un avance; en los caminos de San Pedro Mártir, maniobrar una bici no es tan fácil aun cuando sea de bajada, pues tan sólo en los primeros 50 km de este recorrido la pista era de arena de granito. De hecho, en muchas ocasiones tuvimos que bajarnos de la bici por falta de tracción pues el camino en muchos momentos fue como arena del mar. ¡Qué ricura! Tenemos mucho sol y estamos arriba de los 1,200 MSNM: la frescura es total y las montañas, con forma de pellizcada, las vemos abajo, el día se va despidiendo y el frío se va sintiendo aún más.
Seguro tendríamos una linda fogata que nos cobije pues ya estábamos entrando en la región de encinos y ocotes; el monte sube y sube y nosotros también con la noche encima. La cosa era buscar un buen claro; entre los tres formamos una comisión de búsqueda de un buen petate de zacate y roca, qué más podíamos pedir; encontramos un plano rodeado de minilomitas y muchos ocotes con bastante leña y piedras. Comimos muy rico y roncamos como lirones, a lo lejos, y ya entrando en sueño, vimos al camión de la UNAM bajando entre montañas y estrellas, con rumbo a Ensenada.
Nos despedimos de este campamento situado a más de 1,700 MSNM, confiamos en llegar al Observatorio según nuestras corazonadas, aunque el aliciente también viene del mapa, la brújula y el GPS, sólo nos restan 40 km y un desnivel de ¡1,000 m!
Después de cierto trayecto, encontramos una manguera negra que traía agua de la montaña; la Sra. Duane nos había anticipado de este regalo, bebimos y nos abastecimos lo suficiente. Todavía no era mediodía y de ahí pa´l real todo fue nublado: hubo un cambio decisivo en el camino, poco después, en una súbita curva como para cambio de escena, se llegaba al piso de la sierra: la entrada al grandioso bosque y montañas verdes de la Sierra de San Pedro Mártir, ¡qué impresión y alegría!
Antes de entrar al bosque vimos unas cabañas de madera... echamos un vistazo, salió un joven junto con dos muchachas muy bonitas; este encuentro valió la pena pues se trataba de Juan y Catalina, él, biólogo de la Ciudad de México y ella de Monterrey, además de su hija. Ambos investigadores forman parte del proyecto y del equipo del zoológico de San Diego, California, y están reintroduciendo el cóndor bajacaliforniano
—extinguido en México—. Nos despedimos de ellos, quienes nos desearon lo mejor; sin que lo supiéramos, serían nuestros ángeles de la guarda.
A rato y rato, frío y más frío, y un bosque de ensueño, ¡no había basura!, así seguimos hasta pasar por varios letreros de madera que indicaban nombres de parajes, altitudes y la proximidad con el Observatorio, ya varias personas nos habían advertido que en la parte alta del bosque llegaríamos a un lugar llamado “Vallecitos” —lugar para soñar—, con agua, puntos para campamento y fogata, asadores, senderos y más. Cuando llegamos ahí, arriba de los 2,000 MSNM, avistamos con júbilo el Observatorio de la UNAM. Pero el cielo se estaba haciendo cada vez más escabroso y, recordando el consejo de la Sra. Duane, teníamos qué decidir entre acampar en Vallecitos, con todas sus ventajas, o llegar al Observatorio; decidimos continuar y, al salir de Vallecitos, con la pendiente ante nosotros, cayó la primera nevada de la temporada en San Pedro Mártir. ¡Qué privilegio!, cada vez que avanzamos las ruedas hacían tronar la nieve, eso era en un principio, pero el cansancio y el hambre nos iban deteniendo y el viento con nieve nos hacía cerrar los ojos, pero seguíamos adelante; las lámparas nos ayudaron mucho así como empujar a ratos la bici; ahora, con el bosque en oscuridad total y una buena pendiente, no había regreso: teníamos que llegar al Observatorio…
...Ahí estaba Raymundo llenando las tazas, y Fer y Edgar bebiendo el café caliente, mientras nevaba en el bosque. ¡Lo habíamos logrado, estábamos en el Observatorio de la UNAM, en la Península bajacaliforniana!
Raymundo era el único encargado de custodiar una de las instalaciones de primer mundo para observar el cosmos en medio de uno de los lugares más remotos e inhóspitos de México. Raymundo, hombre joven lleno de carisma y camaradería, sabía de nuestra llegada. ¿Cómo? Pues sucede que Juan y Catalina se comunicaron por radio con Raymundo y le dijeron de nuestro posible arribo al Observatorio: “Raymundo, por ahí van unos muchachos viajando en bicicleta, va a nevar, si no llegan, nos coordinamos y vamos a buscarlos en las trokas…”



Esto no lo olvidaremos. Qué gran regalo, aun en los lugares más remotos la nobleza no tiene precio.
Nuestro penúltimo día en San Pedro Mártir; después de la nevada, el cielo luce prístino, azul. Después de jugar billar y dormir en calientito, pues Raymundo nos prestó uno de los salones para estudiantes, además de que con toda amabilidad nos mostró metro a metro y tornillo a tornillo el Observatorio. Qué contraste: ¡máquinas y computadoras muy avanzadas en la punta de un cerro inmerso en el verdor salvaje que se pierde en el horizonte! El espectáculo era majestuoso, hacia todos los puntos naturaleza pura, podíamos ver el Desierto de San Felipe y ¡el Golfo de California! Sí, se apreciaba el desierto y el mar al mismo tiempo, también el Peñón del Diablo (o la Encantada), una pared vertical ¡de granito con más de 1,000 m de altura!; en fin, estábamos en uno de los parteaguas de la península de la Baja, qué maravilla. Raymundo nos contó que ahí donde se veía el Desierto de San Felipe existe un paso llamado “Paso del Chinero”, llamado así porque hace mucho tiempo unos inmigrantes asiáticos intentaron cruzar el desierto para llegar a Mexicali y después a Estados Unidos, pero murieron en el intento…
En la parte alta del Observatorio vimos algunos coyotes jugando en las rocas, yo tuve la oportunidad de acercarme a uno a menos de quince metros y ¡lo fotografié!, pero no podíamos permanecer mucho más porque teníamos que continuar con nuestra siguiente etapa hacia el Desierto del Vizcaíno.
Esa mañana nos despedimos de Raymundo y su familia; ahora teníamos que hacer un descenso desde los 2,700 MSNM a casi 0 MSNM. Ese día, esa tarde y esa noche fueron uno solo, pues casi no nos detuvimos a descansar, el descenso era constante y permanente; hubo un momento en que Fer y Edgar se fueron y yo me rezagué para ir observando, porque no sé si lo vuelva a vivir: un atardecer desde las montañas con un mar amarillo y sus islas negras a contraluz con montañas oscuras y azules en la parte de abajo: estaba presenciando el Pacífico desde la Sierra de San Pedro Mártir, una imagen extraordinaria…
Y así transcurrió el tiempo, pasaban las horas y Ex Hacienda Sinaloa no se veía, el hambre se hacia presente. El altímetro cada vez marcaba menos pero los kilómetros no se acababan, y siendo casi las diez de la noche, después de más 80 km de recorrido y un descenso de más de 2,500 m, totalmente exhaustos llegamos a la comunidad de Ex Hacienda Sinaloa.
Tino ya nos había visto, pero nosotros no porque él estaba en medio de la oscuridad; era 24 de diciembre. Al buscar dónde comer, la familia de Tino, la Sra. María de Jesús, su hermana Gloria con su esposo y su hermano de Ensenada, nos dieron —sin conocernos tantito— un plato rebosante de pozole y un café negro. Aquella noche dormimos en el cuarto de madera de Tino, que él mismo construyó.

Hacia El Vizcaíno
Es mediodía, llegamos a la única cinta de asfalto que disecciona la Baja, se ve gran cantidad de inmigrantes oaxaqueños deambulando al borde de la carretera; ahora lo difícil es conseguir nuestro pasaje al Vizcaíno. Es 25 de diciembre de 2003 y el transporte es escaso, hace mucho frío a casi 80 MSNM, el cielo retumba y es posible que el camión, si lo logramos tomar, pase hasta las 19:00 hrs. Ahora todo es al revés, el estado de inmovilidad es cada vez mayor pues ya anochece, la tormenta somete Díaz Ordaz, de pronto aparecen cuatro expedicionarios con mochila al hombro que han estado varios días explorando, uno de ellos es amigo de Edgar, todos son de la UNAM, y así como llegan se alejan en la carretera para no volver, nosotros seguimos como rocas de granito a la espera…
Son casi las diez de la noche y el foráneo nunca pasó y la taquillera apenada nos consigue un taxi. El Galaxy abatía la lluvia y la neblina que tragaba todo lo visible… Logramos salir, y como después de un estado de hipnosis, vamos sentados rumbo al Vizcaíno, San Pedro Mártir quedó ya lejos y también su gente, como Duane o Tino, pero tan inmensos como nuestro próximo destino: el Desierto del Vizcaíno.
Salimos del pueblo de Vizcaíno a bordo de una Van rumbo a Tortugas, pueblo que, junto con Punta Eugenia, son los únicos en toda esta parte del Desierto. El viaje fue de cuatro horas atravesando el desierto. Pasado de mediodía, llegamos a la orilla del mar: Tortugas nos recibió con sus casas de madera, muchas de colores, otras bodegas para pescado y dos son pequeños hoteles.
¡Qué maravilla! El viento frío de la mañana junto al mar contrasta con la imagen clásica del mar mexicano: cocos, hamacas, todo tan tropicalón, pero no, aquí eso no existe, sólo montañas rojas, naranjas y grises.
Es la hora de la cena, tuvimos la idea de unos sándwiches para cenar y para el desayuno; compramos un poco de jamón, pan, leche y algunas latas; nada más somos tres y fueron ¡más de $200.00! No todo es tan barato en la Baja.
Casi tres días sin pedalear y nuestras llantas están ansiosas de ponerse en contacto con la arena del desierto. De nuevo a rodar.
Pasadas las 4:00 de la tarde alcanzamos una altura de 600 MSNM, desde aquí se aprecian inigualables las texturas del paisaje que se extiende hasta el océano. A cada rato, el viento empuja con más fuerza... y el hambre también; debíamos llegar lo más temprano posible a Punta Eugenia para conseguir alimento. Casi llegando al mar, nos detuvimos: el espectáculo de un atardecer junto al desierto y el mar enlazados por un costura infinita de olas y acantilados es maravilloso, es un regalo, y lo presenciamos con nuestras bicis. De pronto nos volvimos rojos con el desierto, pues el sol estaba a punto de morir…
Ahora somos negros con la oscuridad, las lámparas de halógeno nos conducen en este camino paralelo al mar.
Hacia las 8:00 P.M., y muy cansados, por fin llegamos a Punta Eugenia, pueblito completamente desolado, sólo 60 familias lo habitan; ellos han construido su historia, pero al llegar ni ellos ni su historia se veían.
Subimos por un callejuela y llegamos hasta una pequeña casa. Las casas de la Baja entera son como corrales: no existen murallas y bardas porque aún el respeto es grande, y así era esta casita, toda de madera, y en el patio se advertía el gusto por las plantas de ornato, toda una maestría conservarlas en este ambiente. El viento era muy fuerte, tanto que no quedó otra que gritar, era evidente la presencia humana pues la luz estaba encendida.
—Buenas noches…” –nada ni nadie.
—Buenas noches, hey, hey…” —repetimos y el viento azotaba las plantitas.
—¿Hay alguien en casa? —Fer y yo advertimos que las cosas no estaban saliendo bien y la incertidumbre nos recorrió la piel; vimos una silueta tras la ventana de la casita, no sabíamos si era el momento de retirarnos y no molestar o de insistir para no dar pie a malas interpretaciones, entonces:
—Buenas noches —gritamos con gran fuerza desafiando al viento, pero la silueta ahí seguía, el pueblo sin ánima alguna y, dadas las circunstancias, nos atrevimos a entrar al patiecito.
—Buenas nocheeeees…” —asentí con Fer y le dije que tocaría por la ventana. La puerta se abrió suavemente, el viento del Pacífico se coló como víbora de cascabel, y ante nosotros el hombre más dulce, con la tranquilidad del atardecer, sin una muestra de espanto, sino de asombro, nos dijo:
—Buenas noches, jóvenes, ¿qué hacen por aquí?
—Somos viajeros, por favor disculpe cómo hemos tocado...”
—No se preocupen, a veces con el viento no se escucha todo, pero mis hijos medio escucharon algo y entonces por eso abrí.
—Señor, ¿nos puede vender algo de comer?
—Les voy a fallar jóvenes, mi esposa no tiene nada preparado, discúlpenme...”
Mientras esto pasaba, el viento soplaba tan fuerte que de vez en vez movía la puerta de la casa que el hombre sostenía, y nos dijo:
—Pero no se queden ahí parados, pasen por favor.
—No, no, don, aquí estamos bien.
Cuando el hombre nos invitó a su casa lo hizo con una sinceridad tan grande que no tiene explicación tal acto, como volteando al interior de su casa, pensó un momento, de pronto un niño pequeñito se acercó junto a él acurrucándose; pensó otra vez y nos dijo:
—Permítanme tantito, voy a ver qué tiene mi mujer en su cocina.
Instantes después... Con la humildad en el corazón y la sencillez de las palabras, el señor Tomás Arce —este era su nombre—, nos dijo:
—Miren muchachos, no se ofendan, mi esposa y yo, si ustedes gustan, lo único que tenemos que ofrecerles es...langosta.
Quedamos anonadados, y las emociones más allá del mar…
Tres chiquitines nos veían con sus ojos muy abiertos; la esposa de don Tomás confiaba en él, y nosotros, en una casa muy calientita, dando sorbos a un atole y platicando un poco del mar —de cómo don Tomás sale a la mar con sus compañeros, capturan langosta en rejas que ellos fabrican, toda de gran calidad y la mayoría sale del país a Europa y Asia—; también hablamos de las bicis y la vida…esa noche comimos como auténticos reyes. Don Tomás es hombre recio de mar, que confía mucho en Cristo y la virgen de Guadalupe, como la mayoría de los hombres y mujeres de toda la Baja. A veces sale al mar muy lejos, cerca de las islas Revillagigedo; y como el agua es tan valiosa para estos pueblos del desierto, nos dijo que un metro cúbico de agua potable, después de un proceso de desalinización, vale $50.00, aunque esto tan vital les cuesta mucho hay cosas que para ellos no tiene valor monetario.
Esta familia no nos cobró un solo centavo por la comida, al último nos dieron de refugio la sacristía de la iglesia de Punta Eugenia para pasar la noche… ¿Por qué nos pasaba todo esto? ¿Cómo es posible que en un pueblo remoto, en una casa de un hombre con su mujer y sus tres hijos tan pequeños nos hayan compartido así el alma? Quizá la respuesta es más sencilla de lo que imaginamos: porque tiene la capacidad de vivir.
Todo esto acontecía en el extremo occidente del Vizcaíno, allí donde el mar y el desierto se juntan en una costura de sueños…
Alistamos el equipo y nos despedimos de Punta Eugenia: puerta de entrada a la Bahía de Vizcaíno, donde se encuentran las lagunas de San Ignacio y Ojo de Liebre, hogar de las ballenas migrantes.
Hacia el mediodía, decidimos festejar todo este pedaleo con un desayuno y un buen vino tinto —por supuesto que bajacaliforniano— y que hemos cargado cuidadosamente durante más de diez días en el portabultos.
Una lata de frijoles y de comedor una rejilla para atrapar langosta, el escenario: la solitaria costa y los acantilados al norte y al sur; el ambiente: cielo súper azul, muy frío; y el cabello sin dejar de moverse por las ráfagas, bicis arrumbadas en las rocas, todo esto merecía descorchar la botella y ¡un buen brindis!
Pasadas de las 5:30 de la tarde ya estábamos de vuelta en Bahía Tortugas. Nuestro plan del día siguiente era abordar a las 3:00 de la madrugada la Van que nos llevaría hasta Vizcaíno, así que nos dedicamos a dormir a plenitud.

Hacia Sierra de la Laguna
El cielo se tonifica poco a poco en color naranja; nuevamente pedaleamos, ahora cubriendo otros 40 km para llegar a la Transpeninsular; con este avance tenemos la esperanza de alcanzar la última de dos corridas rumbo a La Paz.
El sol ha caído, el pedaleo es muy duro, casi a 30 km por hora; los coyotes saltan de vez en cuando entre espinas, no existen ya los carros..., Vizcaíno nos dice adiós. Sé que cuando sea año nuevo un círculo de luz ámbar que rueda por las planicies pasará a la casa de don Tomás Arce y su familia y les dará otro día de vida.

La Paz, B.C.S.
Son ya doce días de recorrido por la península y estamos por saborear el último intento, la Reserva de la Biosfera Sierra de la Laguna, única en todo el planeta por sus condiciones climáticas, orográficas y de diversidad biológica.
La Transpeninsular, como de costumbre, con sus dos carriles solitarios nos recibe y nos deja mirar desde su asfalto las decenas de kilómetros que nos separan de las montañas. Armamos el equipo y el sudor se deja sentir a chorros ¡estamos a más de 800 km de San Pedro Mártir! Apenas hace unos días nevaba, ahora y aquí —en pleno diciembre— todo es verde y la carretera corta la exuberante selva baja caducifolia, punta de toda esta Baja California.
A partir de este punto, sobre la desviación a la comunidad de Santiago, comienza nuestro último recorrido en bicicleta. Los primeros kilómetros son asfalto, a lo lejos se aprecia Santiago, inmerso en el verdor de esta selva. Antes de llegar, cruzamos un súper río gigante de más de 200 m de ancho: aguas limpias que provienen de los vértices más altos de Sierra de la Laguna.
El sistema orográfico contiene cañadas gigantescas que, a partir de las partes más altas, va la mitad hacia el Pacífico y la otra hacia el Golfo de California. Nos cuentan que por acá huracanes y tormentas son cosa común, de hecho los tramos de carretera que pasan por estos ríos —esto ya muy cerca del mar— están en permanente reparación.
Edgar hizo una buena elección: subir por el Golfo de California donde es muy poco turístico y a parte es de difícil acceso, y donde se aprecia la mayor diversidad natural en esta área de la Sierra la Laguna.
Llegamos al pueblo de Santiago. Aquí es una de las entradas a Sierra de la Laguna, para ingresar hay que avisar o solicitar permiso a la gente de Santiago, por eso fuimos con las autoridades...
—“…Gracias por el permiso, pero ahora ¿quién de ustedes nos puede guiar allá en la selva y las montañas?
—Miren muchachos, traten de llegar hoy a la Concepción y con suerte encuentran a alguien, los que viven allí son los mejores conocedores de esa sierra, la persona encargada para entrar a la sierra es la Sra. Catalina Manríquez, ella es la presidenta de la comunidad. Feliz año.
—Gracias.
Poco a poco nos clavamos en el lado oeste de la Sierra la Laguna, superando algunos cerros y chorros de sudor, llegamos a un buen plano, se extendía por más de dos kilómetros que parecían diez; este tramo fue uno de los más difíciles en todo el recorrido en la Baja, pues literalmente rodábamos en arena. Esa noche en definitiva no llegamos al rancho la Concepción, quedamos varados a mitad de esta planicie, más tarde logramos poner nuestro campamento; la noche de año nuevo consistió en latas de carne, gran humedad y mosquitos, dormimos con la incertidumbre de lograr llegar a lo más alto de la Sierra.
¡Bienvenidos a la Reserva de la Biosfera Sierra de la Laguna! Profesaba la leyenda en el relieve de madera, estábamos justo en la división que advertía la entrada a la Laguna, ¡qué gran sorpresa!, todo coincidía exactamente con el mapa y el GPS. Ahora nuestra dirección era rumbo al oeste para entroncarnos con la cañada “La concepción”. Cuando salimos de la fastidiosa planicie el mundo de las montañas se hacía más vivo, si desde la lejanía se veían imponentes, al entrar a la cañada nuestra percepción se tonificó: estábamos en un borde en lo alto del río que bajaba cristalino, con una caudal que venía desde las puntas más altas y que se extendía en la selva baja formando meandros que llegaban hasta el Golfo de California; los colores iban del beige, al azul del cielo y el verde de la vegetación —no toda la Baja es “desierto”, aquí también existe el bosque y la selva—. Este gran río se iba por decenas de kilómetros con anchuras que superaban más de 200 m y, lo más sorprendente, ¡se podía beber el agua!, pues con el decreto de la SEMARNAT y el convenio que existe con las comunidades que viven dentro y fuera de la Reserva, hay un trato que prohibe el uso de detergentes, ni basura, ni desperdicios cerca de su cauce; al contrario, se promueve su conservación, incluso la gente del rumbo utiliza energía solar.
Apenas entramos a la Reserva y no dejamos de sorprendernos, en el inicio toda la vegetación era tropical, con cerros rebosantes de especies arbóreas y helechos, y en el río miles de rocas de granito regadas al azar.
Después de pasar algunos ranchitos llegamos a la Concepción. La cosa se puso difícil, era un hecho que en la Concepción terminaba la terracería y de ahí en adelante la expedición tenía que ser a pie, si decidimos ir por nuestra cuenta, necesitábamos más botiquín, equipo, mapas, dinero y tiempo. Además era primero de enero y no sería facil conseguir un guía. Afortunadamente corrimos con suerte y localizamos a Mauricio. Mauricio se dedica al campo y a la conservación del medio ambiente. Quedamos en salir al día siguiente a explorar la Sierra.
Fer, Edgar y yo veníamos de vez en cuando sacando la lengua, si algo tenía Mauricio era potencia y la ligereza de un venado. Él nos iba explicando muchos secretos de la sierra, era un hombre muy compartido que nos hablaba de las hierbas medicinales, de los árboles comestibles, nos enseñaba las aves, en fin. Conforme avanzamos nos internábamos en el fondo de las cañadas. ¿Cómo es posible observar helechos, palmas, encinos, ciruelos silvestres, cerdos salvajes, grandes precipicios y agua en abundancia, sin el menor rastro de destrucción? Esa era Sierra de la Laguna, todo era como una película, Mauricio nos llevó paso a paso por diferentes cauces del río; pasamos por varias pozas de un azul turquesa que sólo se escucha en cuentos. Mauricio nos apuraba a no detener el paso, pues teníamos que llegar antes del anochecer a una de las partes más altas de la Sierra (casi 2,000 MSNM), donde él tiene unas cabañas para guardar comida y herramienta. Todo el tiempo fue ascenso por veredas que no eran mayores a 50 cm de ancho y por precipicios algo profundos. ¡Tan conservada está la Sierra de la Laguna, que no existen prácticamente terracerías ni caminos de penetración, y las veredas que la unen son verdaderos secretos de sus habitantes!



Mauricio nos comentó respecto al tema de la conservación:
—Aquí trabajamos de forma organizada, yo guío a la gente, pero también del lado de la Burrera, que es la comunidad que se enlaza con Todos Santos en el Pacífico; a la gente que viene se le hace abrir sus mochilas para ver su contenido y hacer que regresen la basura; también quien saque ilegalmente muestras naturales, como rocas, plantas, etc., puede ser detenido por el ejército y llevado a la cárcel.
El ambiente se ha vuelto fresco, estamos en la zona de coníferas —hace unas horas tocamos palmeras y helechos—, aquí es donde nace parte del agua que desciende en forma de ríos hasta el Golfo de California y el Pacífico, paraje conocido como “La Laguna”.
Comimos de lo lindo junto a la fogata, Mauricio nos ofreció tacos de venado, las tortillas las hizo su esposa y el venado él lo cazó. ¿Cazar aquí en la Reserva? Sí, pero todo tiene una explicación, solamente lo pueden hacer los habitantes de las rancherías, con derecho a uno o dos venados o cerdos salvajes. Nos decía que la carne de un solo animal de estos le alcanza a él y su familia para más de tres meses, además de que no cazan siempre. Todos estamos muy contentos, Fer, Edgar y yo descubrimos que no todo era bici, era solamente un medio como nuestros pies para disfrutar del esplendor de la naturaleza en su máxima expresión.
Llevábamos dieciséis días de recorrido y estábamos a tres días de la Ciudad de México y a miles de kilómetros, pero eso ahora no importaba. ¡Qué distinción y equilibrio! Un conjunto de piedras de granito perfectamente acomodadas, decoradas por coníferas, en medio un insinuante arroyuelo con riberas angostas de arena blanca —era el nacimiento del río que forma la barranca la Concepción—; este arroyuelo, de no más de tres metros de ancho a casi 2,000 MSNM, desciende al mar con cientos de metros de desembocadura. Con esta imagen nos despedimos de la Laguna y, en menos de 6 horas, llegamos a la casa de Mauricio; nos ofreció de comer y un buen trago de café.
Horas más tarde, con todo y bicicletas y de nueva cuenta sobre la Transpeninsular, vimos la lluvia y el sol sobre la Sierra de la Laguna. ¿Cuándo volveremos? Aún no lo sabemos, la expedición ha terminado; mis compañeros están renovados: Edgar siempre cabal y ordenado con los detalles en los dedos, un auténtico apasionado por la geología; Fernando, como el viento, pocas palabras, campesino y caminante, gente muy sencilla.
De regreso rumbo a La Paz, con recuerdos y nuevas ideas por rodar; si muchos aquí se dedican a conservar la naturaleza, otros más en toda la Baja se dedican a conservar el corazón

RECORRIENDO LA BAJA

Transporte del pueblo de Vizcaíno a la comunidad pesquera de Tortugas B.C.S.:: “Autotransportes 30-2” con el Sr. Jorge Miguel Valdez Castro o la Sra. Esperanza, domicilio conocido, Bahía Tortugas, B.C.S., teléfono 01(115) 8 00 05.

Rancho Meling, en la Sierra de San Pedro Mártir, B.C.N.: Con el señor Víctor Rancel Bustamante, Artesanos # 928, Morelos 1, Ensenada, B.C.N. E-mail: vico_ens@hotmail.com; también por: Aida Meling, apartado postal 1326 Ensenada, Baja California, México; o duanemeling48@starband.net.
www.melingguestranch.com
teléfono celular en B.C.N.
011 52 646 107 29 10

Proyecto Condor - Sierra de San Pedro Mártir, Biólogo Juan Vargas, jjvvelazco@yahoo.com.mx

Observatorio Astronómico UNAM. Contacto en Ensenada, B.C.S., con Supervisor en Jefe de Operaciones, Desiderio Carrasco, tel. 174 45 80, ext 311.

Para volar a Tijuana. Por AVIACSA, oficina en Cd. de México tels. 01 (55) 5716 9005, fax 8338 1890, lada sin costo 01 (800) 0062200.

Ferry La Paz - Mazatlán. Por SEMATUR tel 01 (612) 125 4440 y fax (612) 122 2221, en la Ciudad de México 01 (55) 5559 7206 y 5559 7135.

Reservas de la Biosfera
Consultar www.conanp.gob.mx

Transportación terrestre.
Compre un 4x4 usado. Si usted vive en el centro, golfo, sur y sureste del país y planea realizar un viaje de aventura por la península bajacaliforniana, prevea con tiempo su viaje, haga contactos previos que le ayudarán, presupueste al doble o triple de lo que le costaría en el centro del país; y si piensa realizar un viaje de varias semanas por la baja le recomendamos compre un vehículo 4X4 que esté legalizado y con placas de la península, son muy económicos, y al término de su viaje véndalo, vale la pena por varias razones: la primera es que el transporte es escaso, las distancias son grandes y hay muy pocos abastecimientos de alimentos y medicina , y el transporte alquilado de aventura es muy caro.