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Un Mexicano en el fin del Mundo Erick González Fritsche, considerado el 4to. mejor explorador ártico del mundo, nos habla de su trabajo y experiencias en los extremosos escenarios del POLO NORTE Soy explorador polar. Tengo 6 incursiones en el círculo ártico y lo que siempre trato de hacer en cada una de las expediciones es ganar distan-cia a pie y en solitario. Algunas de ellas se realizan con el apoyo de un equipo técnico y las otras, como las primeras que hice, fueron básicamente en solitario. Lo que a mí me identifica de otros exploradores es que soy diabético, y que la mayoría de las actividades que realizo en el círculo polar ártico son enfocadas a la investigación médica. La primera incursión que realicé profe-sionalmente fue en el estrecho de Bering en febrero de 1995: ésta fue la primera expedición con la cual comencé a sumar kilometraje para alcanzar mi meta. La inquietud me surgió porque yo quería elevar la calidad y expectativas de vida de la comunidad diabética. No figurábamos en ninguna especialidad deportiva ni alpinística ni a nivel de exploración polar, y esto obedecía a que no teníamos la tecnología para hacerlo: si una persona no tiene control de sus niveles glucémicos no puede realizar una actividad física. De ahí que cuando, en 1990, llegan a México los monitores de glucosa, mediante los cuales puedes medir tus niveles glucémicos, lo vi como la gran oportunidad de poder hacer una actividad física importante, llevándola también a límites extremos.
Las experiencias, siempre gratas, provienen tanto del trabajo en equipo como en solitario. Podría poner un ejemplo: la expedición de la isla Devon era un punto donde teníamos que recorrer por lo menos 300 kilómetros de caminata en un clima sumamente hostil: estábamos todos los días a 45 grados bajo cero y habían tormentas que provocaban el descenso de temperatura hasta menos 80 grados. El punto de abastecimiento era la naturaleza misma ya que, respecto a Devon, se trata de una latitud muy cercana al Polo Norte, aproximadamente 75 grados latitud norte (próximo a Groenlandia); no había puntos de abastecimiento. Entonces el trabajo en equipo era esencial, vital para la realización de esta hazaña: mientras los esquimales cazaban, un logista se comunicaba conmigo vía radio para saber cómo iba a atacar las corrientes clima-tológicas provenientes de Groenlandia, otras personas hacían las labores del refugio y mantenían a los perros, entre otras actividades. Era necesario contar con una logística muy específica porque nos movíamos como nómadas. En ese sentido, la actividad en equipo se justifica pues hace la experiencia mucho más enriquecedora, porque estás trabajando con una cultura distinta: rompiendo barreras culturales, de idioma, fortaleces mucho la unidad en la expedición en lo que alcanzas un objetivo. El gran valor humano de trabajar en equipo es precisamente eso, que puedes romper con muchas diferencias en la búsqueda de un objetivo. Este equipo estaba conformado por habitantes del lugar, trabajas, en el caso del Polo Norte, con los Inuit, grupo esquimal predominante del norte del canal ártico: ellos se encargan de todos los valores para mantener la expedi-ción en pie. Por otro lado, la expedición en solitario se plantea cuando: a) es una distancia corta en sí, o b) porque existen puntos intermedios que te permiten el reabastecimiento. Esas son básicamente las dos situaciones que motivan este tipo de recorrido. Un ejemplo de caminata en solitario es mi experiencia en el estrecho de Bering: era un recorrido de 100 kilómetros. Aunque va implicado un mes y medio de preparación en el círculo ártico, la caminata se puede efectuar con una carga de víveres y un pequeño trineo atado al arnés; lo necesario para sobrevivir los seis días que dura la caminata. Tuvimos buenas condiciones climatológicas, bueno, las estuvimos esperando con el objetivo de que fuera más fácil la caminata. Ahora, ¿cuándo es mejor llevar a cabo una expedición? Hay fechas que todos conocemos que pueden ser fáciles o difíciles. Bering, por ejemplo, sería imposible cruzarlo en marzo porque las corrientes eólicas son sumamente fuertes, provocan un descenso considerable de la temperatura. En la experiencia de Devon, fue una ex-pedición de finales de marzo, principios de abril, que implicaba una temperatura de menos 80°C; sin embargo, es una situación climática que enfrenté, porque por fortuna teníamos un equipo preparado para ese tipo de adversidad. En el caso de Bering, hubiera sido impensable durante esas épocas. Otra condición es que a principios del invierno el mar no está congelado en Bering, ya que se ubica un grado de latitud al sur de la línea polar, por lo que se debe esperar el momento justo para que esté congelado; eso es lo más importante. Debe ser pro-piamente en febrero, cuando ya están pasando las nevadas, la baja temperatura, comienzan los vientos que solidifican aún más la capa de hielo, pero que no hace tan difícil la expedición como podría ser en marzo. Ahora bien, todo el tiempo existen riesgos para los cuales hay que estar preparado o bien saber afrontarlos. En la expedición de 1998 en Groenlandia, por ejemplo, por un descuido me di un hachazo en el dedo, y eso complicó bastante las cosas. Por fortuna iba yo con el fotógrafo, que aligeró un poquito la situación, pero aún así, para llegar a un punto de rescate había que caminar, en esas condiciones, 20 kilómetros, y bueno, ahí es cuando los retos implican un grado adicional. Esa situación ha sido la más difícil que he experimentado. En 1997, en la isla Devon, en el mes de abril precisamente, de pronto cayó una tormenta que bajó la temperatura a menos 80°C, y a esa temperatura es muy pesado moverse, es muy difícil trabajar en esas condiciones, la vestimenta también te impide avanzar porque a menos 80 ó 100 grados no te sirve la ropa que se usa, por ejemplo, para ascender al Everest. De ahí que, como se ha visto, muchos de los alpinistas mueren bajo esas temperaturas, porque la ropa que llevan no es la adeccuada. Van para soportar temperaturas, para andar en la noche, en el verano; pero cuando los sorprende un vendaval en la montaña, generalmente pierden extremidades, ya que ni siquiera las botas que utilizan sirven para ese tipo de expedición. En el caso de la exploración polar se necesita de vestimenta mucho más rudimentaria en ese sentido: vas vestido con pieles, ya que es lo único con que se aguanta estas temperaturas. Estas experiencias definitivamente han influido en mi vida, te cambia toda la perspectiva. Aunque, para ello, también tiene mucho que ver la mentalidad con la que te educaron tus padres, así como tu búsqueda personal. El hecho de tener diabetes desde los dos años me ha hecho una persona más sensible al dolor ajeno y tengo una creencia muy firme en Dios, en Cristo, propiamente, porque cuando necesitas 4 ó 6 inyecciones al día para mantenerte vivo, ves los milagros de la vida cotidianamente, esto se vuelve muy cercano, forma parte de uno mismo. En mi caso trato de llevar una vida decente, íntegra, porque esta acción y sus retribuciones no son únicamente para mí. De hecho, las acti-vidades que he estado realizando son a favor de la comunidad diabética, a eso me dedico ahora. Finalmente, la vida de una persona diabética no es muy distinta de la de un atleta de alto rendimiento en el sentido de que tienes que controlar tu alimentación, tus actividades..., en fin, todo lo que de ti depende tiene que estar controlado. Sólo así las metas y los sueños se pueden convertir en realidad. No más limitantes Aunque antes de 1990 hubiera sido impensable llegar a donde he llegado, ya que el desarrollo tecnológico no era como lo es hoy en día. Antes no había insulina humana, por ejemplo, ahora con el generante genético, la insulina es una maravilla; con los monitoreos de glucosa que comento, te sacas una gotita de sangre y en 30 segundos ya están los resultados. Antes los resultados tardaban hasta 48 horas porque los métodos para medir la glucemia en la sangre eran bastante lentos. Diariamente tenías que utilizar tus gotitas de orina y de agua, meter una pastilla reactiva, fijarte en el color… ¡era una lata! Entonces las limitantes eran muchas, ahora éstas existen pero desde una perspectiva sociocultural. En cuanto a las exploraciones, simplemente no las podía yo hacer. Ni siquiera subir al Popocatépetl porque mis niveles de glucosa, debido al estrés, estaban en 600, y lo normal debe ser entre 65/126mg/dl, pues, estando allá arriba, me metía en muchos problemas, porque no tenía cómo valorar mis datos y cómo ajustar las dosis. Era una situación muy difícil. En cambio ahora, en cuanto a las expediciones, ya no tengo ningún problema: sé cuando ajustar las dosis, en qué momentos… ya no tengo limitantes. Claro está que las situaciones extremas alteran los niveles de glucosa, pero no más que la vida diaria en la ciudad, por ejemplo. El estrés es algo que afecta mucho los niveles de glucosa. Una vez me asaltaron, y recuerdo que acababa de hacerme la medición, mis niveles estaban en 150 miligramos de glucosa, ligeramente alto pero bien y, después del asalto, mis niveles estaban en 300. Otro ejemplo, estando en el Ártico de pronto vi las huellas de un oso polar y, bueno, eso sí altera los niveles de glucosa aunque no quieras. En otras palabras, la exploración polar sí es una situación extrema e implica mucho riesgo, pero para el diabético en particular, tiene tanto riesgo vivir en una ciudad caótica que estar en el Polo Norte, porque si no sabes qué hacer en cada momento, te metes en muchos problemas.
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