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![]() Zona del Silencio
Existe en el norte de Mexico un lugar desertico, lleno de mitos y leyendas,
con una biodiversidad increible. A este lugar se le conoce como la...Zona
del SilencioUno de los desiertos más grandes de América se localiza al norte de nuestro país, se trata del desierto chihuahuense, el cual se extiende desde Coahuila, continuando por Zacatecas, San Luis Potosí, Durango, Nuevo León e Hidalgo, y hacia el norte se interna en Nuevo México y Arizona, en Estados Unidos. Es la zona árida de mayor extensión en nuestro país. Se encuentra limitado al oeste y al este por las sierras Madre Occidental y Orien-tal, respectivamente, al sur por la Alti-planicie Mexicana, hacia el norte se prolonga hasta las montañas Rocallosas en Estados Unidos. Cuando hablamos de desierto lo primero que nos viene a la mente es calor, arena, más calor y la idea de que nada puede sobrevivir en estas condiciones tan extremas, pero hay que pensar esto dos veces. Los desiertos son ecosistemas con abundancia de especies tanto animales como vegetales. Al recorrer un desierto hay que observar detenidamente y pronto encontraremos vida, un tipo de vida adaptada al calor, al ahorro de recursos y energía, a aprovechar hasta la última gota de agua que se presente. ![]() Dentro del desierto chihuahuense existe un lugar especial, el cual –en los últimos 35 años– se ha llenado de innumerables mitos y leyendas. Enclavada en la intersección de los estados de Durango, Chihuahua y Coahuila se lo-caliza la enigmática Zona del Silencio. Seguramente en alguna ocasión, al igual que nosotros, habrás escuchado de ella e incluso habrá despertado tu curiosidad: ¿Será cierto todo lo que se dice: que no se escuchan las ondas de radio, que suceden fenómenos extraños, que fre-cuentemente caen meteoritas en esta Zona, que posee un magnetismo elevado? Y así podríamos seguir enumerando preguntas fantásticas de este lugar. Decidimos que era un buen momento para conocer el lugar-leyenda e iniciamos la preparación del viaje. Primero contactamos a Walter Bishop, guía-operador con muchos años de experiencia en la Zona del Silencio, quien nos indicó qué era necesario llevar para esta aventura en el desierto. Estábamos al final de la temporada apta para visitar la Zona, así que debíamos apresurarnos para evitar la época de lluvias, pero con este calentamiento global todo puede pasar y las lluvias podrían adelantarse (se re-comienda visitar la Zona antes o después de éstas). Había que llevar ropa ligera, pantalón (por las espinas), bota o media bota, bolsa de dormir y las provisiones las com-praríamos en Durango, lugar donde quedamos de vernos con Walter. Por supuesto que era indispensable un vehículo “todoterreno” para evitar los atascones y poder recorrer la zona sin problemas. También hay que tramitar un permiso de visita ante la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas ya que el lugar es una reserva natural. Walter nos aclaró que por estar casi al borde de la temporada de lluvias, si el clima jugara una mala pasada y lloviera, tal vez no podríamos entrar a la Zona del Silencio porque las condiciones del suelo se vuelven complicadas al formarse una especie de pantanos que casi siempre atascan los vehículos teniendo, en ocasiones, que utilizar tractores para sacarlos; pero bueno, decidimos correr el riesgo, empacamos el equipo e iniciamos las nueve horas de camino hacia la ciudad de Durango. Nos encontramos con Walter y Mike, guías del recorrido, en un centro comercial de la ciudad. Ahí compramos las provi-siones para el desierto: latas de atún, fruta, cereal, leche en polvo, café, algo de pan y, por supuesto, mucha, pero mucha agua, unos 65 litros que alcanzarían bien para abastecer a ocho personas durante tres días y dos noches, contemplando una reserva por si hubiese algún contratiempo. Revisamos las condiciones de la ca-mioneta, sobre todo llantas y equipo de cambio porque en el desierto fácilmente puedes sufrir un pinchazo con las espinas secas en el camino. Con todo en orden y el entusiasmo en alto partimos de la ciudad de Durango hacia Gómez Palacio, para después desviarnos por la autopista 49 que conduce a la Zona del Silencio. El camino comienza a oler a de-sierto, puedes ver grandes peñascos con formaciones extrañas producto de la erosión del viento; nos tocaron varias tolvaneras que se veían como ver-daderas tormentas de arena que cruzaban la autopista con gran fuerza. Un cielo de contrastes: de donde veníamos azul, adon-de nos dirigíamos nu-blado, pero no per-díamos la esperanza. Al fin y al cabo –pensé en silencio–, en esta zona del país los vientos son fuertes y en cualquier momento limpian las nubes. Después de unas dos horas de camino llegamos al kilómetro 130: entrada a la Zona del Silencio. Malas noticias, había llovido en esa parte la tarde anterior y, aunque en el día el sol seca rápidamente algunas áreas, era muy arriesgado entrar por ahí. “¿Qué alternativa hay?”, preguntamos a nuestros guías, “pues entrar por aquí es muy arries-gado porque podemos atascarnos, pero podemos hacerlo por la población de Tla-hualilo, aunque tendremos que recorrer unos 60 kilómetros de terracería para llegar a la Zona y confiar que no haya llovido también por allá”. ![]() Decidimos tomar esa alternativa; dejamos la autopista, tomamos la federal, pasamos la población de Ceballos, famosa por las colecciones de fósiles y meteoritas que tienen sus habitantes y, a unos 55 km, entroncamos con el camino que lleva a la población de Tlahualilo. Afortunadamente siempre lleva-mos mapas topográficos de los lugares a los que vamos, a fin de entender mejor el terreno que visitamos. En esta ocasión en especial, los mapas serían de mucha ayuda porque el camino a la Zona del Silencio desde Tlahualilo está formado por veredas, no terracería, kilómetros y kilómetros de interminables veredas con escasas huellas de las camionetas de los pocos habitantes de las comunidades en el desierto. Unos cuatro kilómetros después de atravesar la autopista por un puente y por el camino a Tlahualilo, el mapa indicaba la entrada rumbo a la Zona del Silencio. Eran ya casi las cinco y media de la tarde, entra-mos y ahí comenzó lo que sería un ver-dadero safari fotográfico en el desierto. Una pequeña lechuza (Tyto alba) parada en un poste del camino nos observaba y pa-recía darnos la bienvenida. Seguimos por una vereda que parecía ser la más usada y llegamos al primer caserío marcado en el mapa como “La Zorra”. La brújula de la camioneta marcaba el norte, noreste y noroeste según las vueltas que el camino daba. A la derecha, todavía con luz, nos guiábamos por la sierra conocida como “La Campana” que aparecía en el mapa paralela al camino. De pronto el camino se dividía en múltiples veredas y había que elegir una: en el mapa sólo aparece la vereda principal, pero en aquel momento ¡todas parecían principales!, así que elegimos una con base en la dirección que tenía, y confiando que todas fueran caminos secundarios que se unirían con el principal. La luz del día se agota y encendemos las luces del vehículo. Afortunadamente el terreno en esta zona es bastante uniforme y hay pocas rocas, lo que permitió avanzar a velocidad constante, esquivando algunos arbustos espinosos característicos del desierto; las brechas son angostas por lo que se escucha el roce de los arbustos contra el vehículo. Cruzamos algunas cercas y a lo lejos apareció el cerro cono-cido como “San Ignacio”, que para muchos es el símbolo de la Zona del Silencio, por lo que nos sentimos más tranquilos al ver que el camino nos llevaba en la dirección correcta. Durante el trayecto que llevá-bamos recorrido, vimos delante de nosotros muchas liebres que corrían de un lado para otro. Sin mentir, en el recorrido de tres días nos topamos con unas 45 liebres. Después de unas dos horas y media de camino decidimos acampar para no perder la vereda y la referencia con la sierra “La Campana” y el cerro “San Ignacio”. ![]() Montamos el campamento, sin luna y en total oscuridad, apoyándonos con la luz del vehículo y nuestras linternas. Instalamos un par de telescopios y ce-namos. Durante la cena, Walter nos platicó del origen de la leyenda de la Zona del Silencio; comentó que a mediados de los sesenta (1966), Harry de la Peña, ingeniero de PEMEX, se internó en el desierto para detectar posibles fallas en el oleoducto La Laguna-Chihuahua. En las inmediaciones del cerro “San Ignacio” usó el radio para comunicarse a su base, sin conseguirlo; revisó el equipo hasta asegurarse de que no tenía fallas. Esta situación se repitió varias veces y, entonces, el Ing. de la Peña decidió investigar. Comienza la difusión mediante artículos periodísticos... ¡y nace la leyenda! Walter añadió que en el tiempo que lleva haciendo viajes a esta Zona nunca ha percibido fallas en radios y que el Ing. de la Peña –al parecer– no registró con pre-cisión el sitio donde su equipo presentó la falta de señal, ya que no se ha vuelto a localizar dicha zona silenciosa. Es aquí donde aparece el escepticismo para al-gunos y el afán de encontrar el sitio para otros. Estas “fallas” en señales de radio, hasta donde sabemos, no están cientí-ficamente comprobadas, por lo que hay que tomar con reservas estas versiones. Otro hecho que vino a dar mayor fama al lugar, comenta Walter, fue la caída en julio de 1970 del cohete norteamericano Athena, el cual fue lanzado por la NASA desde la base de Green River, en el estado de Utah, con destino a la base de White Sands, en Nuevo México. Por alguna falla, el cohete se desvió de su trayectoria original para caer a unos ocho kilómetros del cerro de “San Ignacio”, cerca de la Zona que años antes el Ing. de la Peña diera a conocer con las famosas fallas de señal en radio. Incluso el lugar de la caída del cohete está marcado en los mapas topográficos del INEGI (G13B64) a unos 500 m de la línea imaginaria que divide a Durango y Chihuahua. Inmediatamente, los norteamericanos solicitaron permiso al gobierno de México para iniciar la búsqueda que posteriormente se realizó por aire durante algunos días. Se dice que se tendió una vía ferroviaria desde la estación de Carrillo, a unos 22 km del lugar de la caída, para recoger el cohete por tren y que además se llevaron varias toneladas de tierra de los alrededores del impacto, argumentando que estaba contaminada con material radioactivo. El incidente apareció en los diarios locales pero la NASA guardó silencio. Como coincidencia, algunos científicos de la NASA estuvieron unos meses antes de la caída del cohete en esta región, brindando con-ferencias y visitando el lugar donde cayó la famosa meteorita de Allende, en la población de Allende, Chihuahua, el 8 de febrero de 1969, a unos 170 km (en línea recta) de la Zona del Silencio. Esta meteorita es la roca conocida más antigua del sistema solar que haya penetrado a la Tierra, su edad calculada es de 4,559 (+/- 5) millones de años y fue estudiado por varios laboratorios del mundo. El propio Ing. de la Peña se encargó de atender a estos visitantes. Pero la Zona del Silencio es mucho más que la supuesta ausencia de ondas y caída de cohetes. Hace millones de años esta región, así como gran parte del territorio nacional, estaba bajo las aguas de lo que se conoció como el mar de Tetis. Hace unos 154 millones de años, estas playas y fondos marinos tenían una abundante vida que dejó muestra en la gran cantidad de fósiles que se pueden encontrar, destacando los bivalvos (conchas), gasterópodos (caracoles) y los famosos amonites. El movimiento de las placas tectónicas y los descensos del mar ocasionaron que –con el paso del tiempo– estos fondos marinos emergieran y formaran el terreno que hoy vemos en esta zona. La erosión provocada por agua y viento poco a poco fue exponiendo a los seres fosili-zados que se encuentran en gran parte del desierto chihuahuense. Si se fijan bien en el suelo es posible que puedan encontrar un caracol o amonite fosilizado. ![]() Pero lo más importante de la Zona del Silencio es el ecosistema que actualmente forma. Por ser un ejemplo de un clásico desierto continental del norte del país, en 1974 se le decreta como la primera Reserva de la Biosfera en México, conocida como Reserva de la Biosfera de Mapimí. Mientras cenábamos y escuchábamos la plática de Walter, el cielo afortunadamente terminó por despejarse y tuvimos oportunidad de hacer algunas observaciones a través del telescopio. Si el día en el desierto es inte-resante, la noche en la Zona del Silencio no tiene comparación, ya que actúa una com-binación de condiciones climatológicas que provoca un cielo increíblemente cristalino, donde el firmamento desciende casi al alcance de la mano. Las constela-ciones, planetas y millones de estrellas se conjuntan para crear un espectáculo ma-ravilloso. Observamos a Marte, Júpiter y algunas nebulosas; ya entrada la noche escuchamos aullidos de coyote. Después de un buen descanso nos levantamos, recogimos el campamento, desayunamos y nos topamos con un ha-bitante del desierto, una tarántula (Apho-noplema chalcodes) a la cual no perdimos la oportunidad de tomarle algunas fo-tografías. Continuamos nuestro camino hacia el corazón de la Zona del Silencio. Seguimos hasta encontrar lo que consi-derábamos el camino principal. La referencia seguía siendo la sierra “La Campana” y a lo lejos el cerro “San Ignacio”. El camino nos llevó hasta un cementerio de vacas y adelante un caserío que –según el mapa– era el rancho “El Quemado”. Aprovechamos para confirmar la ruta que seguíamos y comprar un poco de gasolina, ya que desconocíamos si el camino que llevábamos pudiera estar anegado por las lluvias y, entonces, tuviéramos que tomar otra ruta que implicara más combustible. El rancho “El Quemado” es uno de los pocos lugares habitados en esta zona desértica. Nos recibió don Luciano Quintana Chávez, quien nos orientó sobre el camino, además de vendernos un poco de gasolina. Un tanto sorprendido, porque no es fre-cuente la llegada de visitantes por esta ruta, don Luciano comentó: “A qué buen mueble traen, oigan”, haciendo referencia a la camioneta, una expresión típica de estos lugares. Aprovechamos para platicar sobre cómo se vive en este lugar tan extremoso. Don Luciano nos dijo que aquí se vive del ganado y casi no se cultiva nada, que la vida es dura pero, como en todo, también hay satisfacciones. Pudimos observar que dentro de lo alejado de la zona urbana, la tecnología está presente con una pequeña estación de paneles que absorbe energía solar y que abastece de corriente eléctrica a la casa de don Luciano. Hay muchas construcciones de adobe en el rancho. Un par de pick ups Ford de principios de los setenta hace compañía a “nuestro mueble”. También una pequeña escuela que da servicio a seis niños y un maestro rural que viene desde Cuencame. Toda esta zona que llevábamos recorrida se le conoce como Nuevo Ejido Tlahualilo y colinda con la propiedad donde se encuentra el cerro “San Ignacio”. Aprovechamos para preguntar a don Luciano sobre los mitos de la Zona del Silencio y contestó literalmente que son puras mentiras, que varias veces por la noche ha estado recorriendo la Zona con la radio encendida, ya sea a caballo o en camioneta, y que el único momento donde se deja de escuchar es cuando lo apaga para irse a dormir. Nos despedimos de él y, siguiendo sus indicaciones, continuamos nuestro camino. Más liebres y un correcaminos (Geococcyx californianus), diferentes tipos de cactáceas y, de repente, un grito: ¡Paren!, ¡paren!, ¡una tortuga! Ahí estaba, al lado del camino, una gran tortuga del desierto (Gopherus flavomarginatus), de aprox-imadamente 40 cm de largo. Walter comentó que en los años que lleva haciendo recorridos en la Zona, era la segunda vez que veía una de estas tortugas de tal tamaño y en libertad. ¡Era una verdadera belleza!, estábamos frente a una especie en peligro de extinción: ahí, frente a nosotros, con sus posibles 60 años de vida. Tomamos algunas fotos, pudimos ver lo que parecía su nido localizado entre algunos nopales y, más sorpresas, Luisa, miembro del equipo, localizó entre los millones de fragmentos del terreno, un pequeño amonite estampado en una roca, clara reminiscencia del fondo marino prehistórico. Seguramente este pequeño amonite fue arrastrado por las lluvias, ya que en ese lugar de la Zona no es común encontrar fósiles. Dejamos el amonite y la tortuga y continuamos nuestro camino. Más adelante más brechas confusas, pedimos informes a un jinete que venía casi a la usanza del Sahara. No a camello pero si a caballo, gafas negras y unos de esos paliacates rojos colocado como un tocado beduino. “Buenos días, qué camino seguimos para las Lilas” –rancho al que nos dirigíamos–. “Tomen esa brecha y sigan derecho”, dimos las gracias y seguimos. En esta zona había llovido y todavía se sentía el suelo húmedo y fangoso, pero pudimos seguir sin contratiempos. Ahora el cerro “San Ignacio” estaba muy cerca pero todavía no era momento de dirigirnos a él. Dimos vuelta hacia el este, cruzamos frente al cerro conocido como “Pico Teyra” y nos enca-minamos al rancho “Las Lilas”. Aquel terreno liso y con escasas rocas se había tornado más agreste y con rocas más grandes, así que había que conducir más despacio. Cruzamos el rancho de “El Venado Gacho” y en 30 minutos arribamos a “Las Lilas”, para, desde ahí, dirigirnos al famoso “Vértice de Trino”, lugar donde confluyen los estados de Durango, Coahuila y Chihuahua. Dejamos el vehículo frente a un antiguo panteón para de ahí caminar unos 700 metros y –en cuestión de segundos– estar en tres estados. Aquí hay un obelisco metálico que indica en qué estado estás parado, es una experiencia interesante y divertida. Con el sol cayendo a plomo, re-gresamos a la camioneta para comer y visitar el antiguo panteón, el cual segu-ramente dio y da servicio a los ranchos cercanos. Muchas de las cruces de madera están ahora apiladas y sólo dos losas están en su lugar. Pareciera que hay más habi-tantes muertos que vivos por estos rumbos. Una cascabel dejó oír su característico sonido que alerta a tener cuidado: cerca de la entrada del panteón, como vigilándolo, la serpiente se refugiaba en unas rocas. Debe haberse asustado tanto como nosotros porque se dirigió hacia su guarida. ![]() A unos kilómetros de ahí se encuentra un pequeño cerrito al que se le conoce como el centro de la Zona del Silencio e incluso se pueden ver rastros de ceremonias mágicas que seguramente vienen a realizar aquí desde diferentes puntos de la región. También, próximo a “Las Lilas”, se localiza un lugar conocido como Zona de Meteoritas, donde supuestamente cayó un meteorito dejando algunas huellas. Al internarse en el pedregoso sitio, se pueden encontrar pe-queños fragmentos metálicos de diferentes formas y tamaños. Algunos dicen que son meteoritas que caen del espacio, otros las llaman tectitas, en fin, recogimos una muestra para después tener una opinión profesional de estos fragmentos. En esta área es también fácil encontrar fósiles marinos. Es muy importante que, cuando visites el sitio y te encuentres un fósil, lo dejes en su lugar ya que es parte de la conciencia ecológica que debemos tener para preservar estos fantásticos lugares. El área cercana a “Las Lilas” tiene muchas cosas para ver y una más es un observatorio ecológico de reciente instalación. Es el único observatorio público del continente en un desierto. Aquí tienes la oportunidad de manejar un telescopio y fotografiar aquellos objetos de tu interés. Para visitarlo es necesario hacer una cita previa, que tus guías bien pueden concertar. En realidad el centro de la Zona del Silencio debería ser el cerro “San Ignacio”, por ser el origen de la leyenda, pero creo que la región de “Las Lilas” concentra más atractivos en un menor espacio, por lo que turísticamente atrae a más visitantes. Ya hemos recorrido más de la mitad del territorio de la Zona y no se ha presentado fenómeno extraño ni fallas en la radio, y las brújulas funcionan perfectamente. Finalmente, nos dirigimos a las inme-diaciones del cerro “San Ignacio”, al lugar de la leyenda. Nos inquietaba un poco que por el camino en que llegamos pareciera llover, son buenas noticias para don Luciano y su ganado, pero a nosotros puede com-plicarnos la salida de la Zona. El plan original era regresar por el mismo camino, ahora sólo queda seguir por el camino principal y esperar que el sol y el viento lo hayan medio secado. En el camino a “San Ignacio” nos encontramos un camaleón (Phryno-soma cornutum) que afortunadamente pudimos observar antes de que se refugiara en los matorrales. Ahora estábamos en el centro de la Reserva de la Biosfera, en la zona núcleo, y el cerro “San Ignacio” se veía imponente frente a nosotros. La radio continúa funcionando. Por una brecha llegamos al Laboratorio del Desierto del Instituto de Ecología. En este sitio se realizan experimentos y estudios para la conser-vación de la flora y fauna de la Reserva. Uno de los más importantes proyectos es el de conservación de la tortuga del desierto, para lo cual buscan nidos de tortugas adultas, extraen los huevos y los incuban para dar nacimiento a las pequeñas tortuguitas, y liberarlas una vez alcanzado el tamaño adecuado para no ser presa fácil de los depredadores. Cerca del laboratorio observamos una gran víbora ratonera, con unas vivas tonalidades en verde, y más adelante un par de venados bura (Odoco-ileus hemionus) que pudimos contemplar por bastante tiempo mediante los bino-culares. ¡Un verdadero safari fotográfico! Decidimos montar el campamento cerca de unas formaciones rocosas que se co-nocen como “Torrecillas” y, ya que todavía había luz, subimos a la cumbre de estos peñascos para observar uno de los atar-deceres más bellos de los que me pueda acordar. Desde arriba se apreciaba gran parte de la Reserva, un valle que pa-reciera como de otro planeta y la luz rojiza y naranja que se filtraba por las nubes iluminaba el cerro “San Ignacio”. Ya en el campamento cenamos y realizamos una caminata nocturna con un cielo despejado. Al otro día empacamos, desayunamos y nos dirigimos hacia la salida de la Zona, esperando no encontrar inundaciones. En el trayecto nos topamos con un coyote (Canis latrans), al que interrumpimos en su con-centración para cazar. A la Zona viene gente de todas partes del mundo atraídas por las leyendas y mitos sobre el inusual magne-tismo de la Zona del Silencio. Pudimos comprobar que la decisión inicial de por donde entrar a la Zona había sido la correcta. Hacía dos días que de-sistimos entrar por el acceso principal y al llegar a éste lo encontramos inundado. Afortunadamente una brecha estaba ya seca y pudimos cruzar hacia el último poblado de nuestro recorrido (o el primero si entras por el acceso normal), el rancho “La Flor”. Seguimos hacia la salida dejando atrás la enigmática y fascinante Zona del Silencio, sin haber encontrado rastros del supuesto magnetismo. A escasos kilómetros de la autopista, Walter nos mostró un cerrito donde había una gran cantidad de rocas, al parecer volcánicas; pidió una brújula, la acercó a una de ellas y, asombrados, constatamos cómo la aguja se movía unos grados: las rocas estaban magnetizadas. Recogimos unas muestras y, fascinados por el pequeño experimento, abandonamos la Zona. Habí-amos encontrado una pequeña muestra de lo que algunos –tal vez fantasiosamente– han llamado una “Zona magnética”. Co-mimos unas ricas gorditas en la población de Cuencame y, agotados pero contentos, regresamos a la Ciudad de México. Al día siguiente llevé las muestras recolectadas de las supuestas meteoritas y de las rocas magnéticas al Museo de Geología de la UNAM, en espera de obtener respuestas de especialistas a estas interrogantes. QUIEN TE LLEVA? Aventura Pantera, al teléfono: 01(618) 825 8676 o al mail: pantera@aventurapantera.com.mx. o consulta www.aventurapantera.com.mx. Ahora, si te quieres aventurar por tu cuenta a la Zona del Silencio, tienes que contar con lo siguiente: solicitar permiso a la Dirección de la Reserva con 30 días de anticipación al mail: semarnatrbm@prodigy.net.mx, sin olvidar comprar los mapas del INEGI (G13-6, G13B64 y G13B65). Lo ideal es viajar cuando no hay lluvias. Equipo a llevar: un vehículo “todoterreno”, mucha agua, así como ropa que te proteja del sol y bloqueador solar, linternas, binoculares, cámara, zapatos o botas de montaña, y raciones de comida extras para 1 o 2 días más. |
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